Me han cambiado el corazón por un piano
desafinado. Le faltan teclas, pero late como puede. No sabe tocar ninguna
canción, porque no tiene suficientes partituras, se limita a tocar la nota más
aguda todo el rato, la que duele. En su interior habitan ratones y fantasmas,
hay telarañas y vidrios rotos de algún gran ventanal construido de ilusiones
que alguien rompió. Dicen que alguien murió aplastado por mi
piano, que cayó del cielo, como en los dibujos animados. A veces me siento
delante de el y miro su roída silueta, sus amarillentas teclas, oigo
sus acordes mal planteados, chirriantes, y entonces recuerdo que son los
latidos de mi corazón, y me entristezco. Que pena no poder hacerlo sonar bien,
que pena no saber tocar el piano.
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