viernes, 18 de noviembre de 2011

Es irónico.

"La muerte es la libertad (pero la libertad sin opciones es un regalo del diablo)"

Miras a tu alrededor con lentitud y sientes que  nada de lo que has hecho hasta este momento tiene sentido. Es una sensación envuelve  tu garganta como si fuera una anaconda, de una manera lenta y sigilosa, tanto que al principio no te das cuenta y cuando quieres escapar ya es tarde…te aferra con fuerza y no te permite respirar. El aire no llega a tus pulmones, el corazón late con fuerza y sientes que tu vista se nubla. Luchas hasta que tus  músculos se niegan a responderte, gritas pero de tu voz es solamente un sonido lastimero, intentas desesperadamente que alguien te escuche pero nadie lo hace. Lo sabes, estás condenada a ahogarte pero sin morir. Esa certeza llega a tu mente con una claridad que te destruye. Las lágrimas mueren antes de caer, los milagros se vuelven inverosímiles antes de que tengas tiempo para desearlos, la esperanza resulta no ser más que un concepto inventado por algún demente idealista.
Hasta la muerte sería mejor.
Tienes ambos pies sujetos por pesadas cadenas de ideales muertos. Te han atado las manos a base de golpes de realidad. Te han sujeto a la tierra firme con sogas hechas a con la sangre de tu propio esfuerzo. Te han quitado uno a uno todos tus sueños, dejándote desnuda frente al fracaso y lo peor, te hicieron creer que fue tu culpa.
Te ves sola, te ves sola y tan vacía como un edificio derruido por el tiempo que se va cayendo poco a poco. Desearías que te demolieran de un golpe seco, porque inyectarte la muerte en pequeñas dosis es lo más inhumano que pueden hacerte.
Has dejado de luchar, te has convertido en una marioneta manejada por los hilos de quienes te desprecian. Es irónico, sólo te queda vivir para aguardar el final. Un final, que ruegas, llegue pronto. 

sábado, 12 de noviembre de 2011

Psicodelia

A convertirme en zorra me enseñó el Principito. Poco a poco, el pequeño cristal se derretía y se convertía en cascabel. Más tarde tuve que buscarme autovías, puentes donde oír el mar o cualquier otra excusa para olvidar que si te domestican se puede llorar un poco. Alguien me enseñó que es peligroso quedarse en lugares donde nadie te invitó, aunque ese lugar sea la locura. Yo sé que a veces, a pesar de todo, se me olvidan esos propósitos de orden y cabalgo en su lomo hasta el borde del acantilado. Y siento miedo, miedo a que un piano tan grande impulse a la deriva este cuerpo torpe de marioneta, como un naufrago sin isla y todo un mundo por delante. He tenido la nada entre los dedos, fumé un par de hojas de flor de tiempo y ahora tengo achaques de razón. ¿En qué porción del silencio se cobija mi nota? Dios, algunos libros me han enseñado tanto que imagino mi vida escrita de forma difusa sobre frágiles hojas de papel. Las leo y observo tantos borrones que se me hace difícil parar el despertador de un golpe. Pero es curioso, aún tengo fuerzas para arrojar las sábanas sin sentirme torpemente aturdida. Quién sabe, como tú me enseñaste un día, ¿quién sino tú me lo iba a mostrar?, a veces, una tristeza enorme se derrite con una tristeza pequeña o con una simple felicidad diminuta.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Te invito a soñar.

Quizás te defraude lo que leas, quizás no. Tal vez no estes para nada de acuerdo conmigo,quizás sí. Posiblemente abandones esta página pensando que que sería mejor que me internara a mí misma en un lugar apropiado, o quién sabe, al final puede terminarte gustando. No hay nada seguro salvo una cosa.

La vida merece la pena. 

Sí, es cliché, es lo típico, lo tópico, la frase que todo el mundo cita pero que nadie recuerda. Aunque para mí es una certeza casi tan segura como la muerte.

No pretendo dar clases existenciales a nadie, ni hablar durante páginas y páginas de mi largo y exhaustivo paso por el mundo como si en vez de tener diecinueve años tuviera setenta. Sólo trato de dejar claro un hecho: la vida si merece la pena. Leer, escribir, sentir la música cuando la escuchas, bailar como una loca al son de una canción de la que no entiendes la letra, cantar hasta que la garganta te duela aunque no afines ni una sola vez, llorar con esas patéticas comedias románticas que, en el fondo, todo el mundo adora. Todo eso, así como el hambre, la guerra, la pobreza y el dolor forman parte de la vida pero... ¿por qué hablar de lo malo? ¿por qué sentarme aquí, con mis agujas de tejer, mi madeja de lana y gafas de abuela, y no contarles sobre lo bonito, lo bueno, lo épico de este mundo? Deja de mirarme así, sí lo hay. Ya habrá tiempo para llorar el mundo real-por desgracia habrá tiempo de sobra- vamos a dejar que este rincón se llene sólo de arcoiris, de mágia, de unicornios y de todas esas historias que nos contaban cuando éramos pequeños.

Volaremos hasta los confines más lejanos de la la tierra y enfrentaremos a monstruos y gigantes, quizás hasta algún dragón. Esas criaturas que viven en las sombras y se alimentan del miedo de las personas. Podremos deslizarnos por toboganes infinitos que nos lleven hasta el final de un arcoiris y podremos columpiarnos con las hadas en un bosque mágico. Podremos ser princesas, grandes guerreros y quizás el villano ¿por qué no?
No, no tengas verguenza ni miedo de admitirlo, a ti también te gusta todo eso. ¿Y qué si es infantil? ¿y qué si te hace sentir como si fueras nuevamente un niño?

Tú y yo tenemos un trato, un pequeño secreto, no vamos a crecer nunca: seremos siempre pequeños por dentro.

Cuando la realidad estalla en nuestra cara y nos obliga a mirar de frente al dolor nos asustamos y ponemos en duda todo aquello que creíamos saber. Algo terrible como la enfermedad de un familiar, la muerte de un amigo, la traición de un familiar o tal vez la historia de alguien conocido o de alguien que no conocemos pero que nos ha afectado especialmente porque, a veces, somos así de sensibles. Es en ese momento cuando todo el mundo se nos desarma, se nos viene abajo, como si fueran las piezas mal encajadas de un rompecabezas. Pero es importane que sepas que te queda mucho camino por delante para superarlo, no importa si tienes quince, treinta o ciento veinte años porque siempre, siempre podrás superarlo si te queda algo de esperanza, esa cosa verde que todos tenemos dentro porque uno nunca sabe cuando va a necesitarla.

Y sé fuerte, como los héroes de las historias que tanto nos gusta escuchar. A lo mejor no siempre hay una persona que te preste su hombro pero aquí nunca te faltará una historia sobre la que poder llorar.


(Y reír. Reír hasta el infinito y más allá)