lunes, 4 de febrero de 2013

"Fragmento de Matices"


"— ¿Sabes qué? Te ves como un idiota…sentado aquí, en la sala común, observando la nada con la mirada perdida. No es digno de ti…eres una mierda, el amor es una mierda. Te hace vulnerable. Abre tu pecho y tu corazón para que alguien pueda entrar en ti y destrozarte. Levantas tus defensas. Construyes una armadura durante años, para que no te hagan daño, y una persona estúpida, idéntica a cualquier otra, entra en tu estúpida vida... y les das un pedazo de ti. No te lo piden. Hacen algo estúpido un día, te besan o te sonríen, y entonces tu vida ya no es tuya. Dime si no es una enorme estupidez… —Le dijo ella sonriendo con pesar y Draco le sonrió a su vez.
—Lo peor es que tienes razón, el amor es una puñetera mierda"

Rayo de luz


Rayo de luz

"Las memorias de una bastarda"



El amanecer estallaba con todos sus colores sobre Desembarco del Rey mientras ellas avanzaban por las Calles de la Harina. La pequeña Rukia no podía dejar de observar, fascinada, como el cielo se teñía de tonos rosados y púrpuras. Las nubes parecían hechas de dulce caramelo y se recortaban contra un firmamento que se le antojaba suave como la seda. Se quedó pasmada durante unos segundos frente a la belleza de aquel crepúsculo matutino, el primero que veía, pero su madre la devolvió a la realidad cuando le dio un jalón para que siguiese caminando. En aquellas épocas todavía era una niñita que se impresionaba fácilmente.

Aquella mañana Rukia se había despertado con ganas de vivir, no sabía ni como ni porque pero se sentía llena de un optimismo brillante. No podía dejar de sonreír mientras caminaba sujetando la mano de su madre, hasta tarareaba una cancioncilla en voz baja.


—Madre, quiero que me compres uno de esos pastelillos de fresa cuando pasemos junto al panadero.

Aehryn la miró sin borrar ese rictus de enojo permanente que siempre tenía adornándole el rostro. Ya le había repetido hasta el cansancio que eso no era posible porque el dinero que llevaban para hacer las compras no les pertenecía pero aún así la pequeña Rukia no se daba por vencida y seguía insistiendo. A veces hasta escucharla hablar se le hacía doloroso, era tan parecida a su padre que le provocaba nauseas. Rukia, aún siendo una niña, era dueña de un carácter impetuoso e impulsivo que la hacía luchar ferozmente para conseguir todo aquello que se proponía.

Ya hemos hablado de eso —Le contestó—El dinero que nos dio Aleesia es para que compremos miel, azúcar y un vestido para mí porque el que usaba se ha roto.

Madre —Inquirió la pequeña nuevamente—Kristeena me dijo ayer que él que te rompió el vestido fue aquel viejo asqueroso, él que llevaba una capa dorada y también me contó que fue él quien te dejo el ojo amoratado.

Aehryn abrió y cerró la boca un par de veces sin saber que responderle a su hija. Rukia tenía siete años y aún así era tan observadora que muchas veces la sorprendía con sus preguntas y sus conclusiones. Era curiosa y casi nada le pasaba inadvertido, eso la aterrorizaba.

—Cuando sea grande me uniré a la guardia real y no dejare que nadie te haga daño —Dijo seriamente, adoptando un porte que pretendía ser digno y orgulloso. Aehryn soltó una larga carcajada al escuchar a su hija y Rukia no pudo dejar de pensar que a su madre se le iluminaba el rostro cuando reía.
La pequeña observó en detalle a su progenitora, era alta y hermosa. Tenía un rostro bellísimo de pómulos altos y nariz respingada. La cabellera castaña y ondulada le caía como una cascada sobre la espalda y sus ojos marrones tenían motitas doradas cuando el sol se reflejaba en ellos. No se parecía en nada a Aehryn, ella era tan bajita y delgada que muchos decían que tenía un aspecto enfermizo y sus ojos era de un azul tan oscuro que casi parecían violetas. Su cabello era negro y no era sedoso, si que más bien guardaba cierto parecido con el heno de usaban para alimentar a los caballos. Y no era en absoluto bella.

¿Quién te ha metido esas ideas en la cabeza, Rukia? Las mujeres no pueden formar parte de la Guardia Real.

Loran me dijo que podría porque siempre me confunden con un chico, yo no sé porque.

Es porque te empeñas en vestirte como un chico.

Es que odio esos vestidos estúpidos que Aleesia, Kathryna, Kristeena y Wanda quieren ponerme. Son muy incómodos y no me dejan treparme a los árboles con ellos. Ellas la mayor parte del tiempo van vestidas sin nada y dejan que esos hombres…

Rukia, ya te he dicho que no tienes que bajar a la sala por las noches, no tienes la edad como para…

¡Pero Loran ya me lo explicó todo! Me dijo que La Casa de los Susurros es un burdel de lujo y que allí van los hombres cuando quieren…


¡No importa que es lo que sabes y que es lo que no sabes! ¡Yo no quiero que tú te mezcles con la clase de personas que van allí por las noches, puede ser muy peligroso!

Rukia odiaba que su madre la reprendiera pero también odiaba hacer que se preocupara por ella. A su corta edad ya sabía que lo único que no soportaba era que su madre se sintiera triste. No quería ser el motivo a por el cual Aehryn derramará aún más lágrimas por las noches. Porque sí, Rukia siempre la escuchaba sollozar hasta quedarse dormida.
Cada vez que recordaba eso sentía un profundo dolor en el pecho y se sentía muy culpable. Pero aún así se forzó por sonreír cuando vio al panadero y se lo señalo a su madre.

Quiero un pastelillo de fresa, sólo uno, por favor mamá —Repitió poniendo su mejor cara de suplica. Aehryn la miró sintiéndose derrotada mientras la invadía un intenso amor hacía aquella montañita de problemas. Rukia lograba quebrar su voluntad en mil trozos diferentes sólo con un mohín, de la misma manera que lo había logrado su padre siete años atrás.

Está bien, mi dulce duendecillo, pero sólo uno —Le contestó mientras le daba una moneda de cobre.

Su mente viajo al pasado mientras la veía alejarse dando pequeños saltitos de alegría. Recordó el día en que aquel pequeñito rayo de luz había irrumpido en su vida.


El establo estaba lleno de sombras pero fuera rugía la tormenta. Los gemidos de la mujer eran acallados por el ruido ensordecedor de los truenos y por el sonido iracundo del viento marítimo que arrasaba con todo lo que tenía a su paso. Se podía escuchar también el estrépito de las olas al chocar violentamente contra las piedras

—¡Vamos, Aehryn, sólo un esfuerzo más! ¡Tienes que hacerlo rápido pequeña, un poco más fuerte y deja ya de llorar!

La mujer pujó con todas las fuerzas que había podido reunir pero fue inútil. Había entrado en trabajo de parto hacía mucho tiempo y ella tenía la sensación de que el niño se aferraba fuertemente a sus entrañas porque no quería nacer en un mundo como ese. Si era así, Aehryn podía entenderlo muy bien.
El sudor corría libre por su nuca y las contracciones le dolían tanto que sentía que iba desmayarse de un momento a otro. Respiró agitadamente y empezó a pujar otra vez, cada vez más y más fuerte, gritando tanto que sentía que se le iba a desgarrar la garganta.
El dolor era inhumano y ella estaba llegando al límite de sus fuerzas.
La comadrona miró con rostro críptico aquel cuadro, la muchacha estaba ya muy débil y había perdido demasiada sangre, y la determinación que había mostrado al principio poco a poco se iba apagando. Quizás aquel bebé, al final, no viera la luz del día.

—Niña, tienes que dar tú último esfuerzo o tu bebé morirá ahogado, vamos, ¡puja una vez más! —Aehryn al escuchar eso sintió como toda su fuerza se renovaba, no podía perder a su hijo, era lo único que le quedaba, era lo único por lo que había luchado esos últimos nueve meses. Era la única razón que tenía para seguir viviendo, era el único rayo de luz que la había iluminado luego de tanta oscuridad.

En su último esfuerzo puso todo su dolor, todas sus frustaciones, toda la esperanza perdida y sus sueños rotos, en el último esfuerzo puso todo el amor que había sentido por su padre y el gritó liberador fue tal que muchos jurarían haberlo escuchado incluso en el pueblo. El llanto del bebé se escuchó mientras la tormenta amainaba y cuando le pusieron a su hija en brazos, Aehryn lloró de felicidad. Era pequeña, rosada y cabía perfectamente en ellos. Lo suyo con su hija había sido un amor a primera vista. La sensación de calidez que la recorrió cuando ese bulto de pelo negro busco su pecho para alimentarse fue indescriptible. Nada podría nunca comparársele.

—Se llamará Rukia —Le contó a la mujer mientras ella se lavaba las manos con agua fría—Ese nombre significa “rayo de luz”…

—Niña —Le dijo la comadrona con voz afectada—debes irte ya de Bastión de Tormentas, no hay tiempo. Ella me ha pedido que aproveche tu debilidad y que te mate a ti y a tu pequeña…debes irte.


La mano de su hija la devolvió al presente. La pequeña saboreaba su tan anhelado pastelillo con el pícaro rostro resplandeciente de felicidad. En ese momento, al verla así, Aehryn pensó que todos sus sacrificios habían merecido la pena pero levantar la mirada, la mujer quedó desencajada. Dos hombres a los que conocía muy bien se acercaban a ellas con paso rápido.

Rukia no entendió porque su madre la jalo con brusquedad y comenzó a arrastrarla por una larga e intrínseca serie de callejones. Le estaba dejando la muñeca en carne viva y hacía caso omiso de sus exclamaciones de dolor. No tardo mucho en comprender que las estaban siguiendo. Aehryn soltaba maldiciones a cada segundo y en un momento dado empezó a correr, obligándola a seguir su paso.
Corrieron y corrieron durante un largo tiempo pero parecía que aquellos callejones no terminarían nunca más. Esos hombres les mantenían el paso pero no lograban alcanzarlas. Tal vez se debiera a esas estúpidas corazas de hierro que llevaban puestas.
Pero de un momento a otro se quedaron atrapadas por una pared y no podían volver sobre sus pasos. Su madre se agacho a su lado y le dio un suave beso en la frente para luego abrazarla en un leve gesto de despedida.

Escúchame Rukia, quiero que trepes este muro como tú sabes hacerlo y que corras y que no mires atrás, ¿puedes prometérmelo?

Los hombres ya habían doblado en aquel callejón y estaban a tan solo unos metros de ellas, sonriendo victoriosamente.

— ¡Vete! —Le gritó al verlos y por primera vez en su vida, Rukia le hizo caso sin rechistar. Pero mientras se alejaba no fue capaz de cumplir una de sus promesas, miró hacía atrás justo en el instante en que su madre estaba siendo atravesada por una espada. La sangre brotó como una cascada de su cuello tiñéndole su bonito vestido color crema de un rojo carmesí. El color de su despedida.

Luego de eso ella sólo corrió. Corrió lejos, a cualquier lugar, bajo la luz del día, con todos viendo pero siendo invisible. Deseando alejarse lo más posible de aquel lugar en el que la había visto morir. Corrió, como si cada paso le quitara un poco la vida, porque si miraba hacía atrás no habría retorno. Porque si dudaba un instante estaría perdida. No había nada después de eso. Ni una esperanza ni un mañana. Ni siquiera la promesa de un tal vez. Ante ella sólo se extendía un camino de oscuridad y desconsuelo. La soledad.

No supo ni como ni cuando había llegado hasta un recoveco que se formaba entre dos tejados. Esa mañana, Rukia se había despertado con ganas de vivir pero esa noche al acostarse, se sintió muerta por dentro.

El río que no descansa


El río que no descansa
“Es una perfecta noche de verano” Pensó ella mientras hundía sus pies en la tibieza de aquellas aguas susurrantes. El río estaba tranquilo. La luna arrancaba destellos color plata de la superficie tersa cual terciopelo azul; concediéndole al paisaje un halo de ensueño. La brisa era cálida, tanto que cerró los ojos sólo para sentir su leve caricia en el rostro y el alma. Lo necesitaba tanto que aspiró con fuerza. El dulce aroma de la libertad que inundó sus pulmones le hizo esbozar una sonrisa lastimosa pero no logró barrer ninguna de sus penas. Sólo pedía una bocanada de aire. Sólo pedía una bocanada de esperanza.
A lo lejos vio como la corriente arrastraba con lentitud lo que parecía ser un pequeño tronco de madera. “El río no detiene nunca su marcha” Se dijo “Y el tiempo tampoco...el tiempo tampoco. Volvía cada noche a las orillas del Sena usando el mismo vestido blanco sólo para aguardar su regreso, para cumplir una antigua promesa de amor eterno. Ella no recordaba ya ni el nombre ni el rostro de aquel a quien había despedido en ese mismo lugar muchos años atrás pero hacía un millón de lunas que lo esperaba, por más vacias que estás parecieran.
Permanecía allí parada mirando al horizonte durante toda la noche hasta que el amanecer estallaba con todos sus colores y se veía obligada a volver a casa arrastrando toneladas de sueños marchitos y la promesa de un mañana. De un mañana que nunca iba a llegar.
En el pueblo decían que su verdadero amor era aquel río que fue testigo de tantas lágrimas. Y en parte era verdad porque aunque esas aguas jamás pudieron lavar su dolor, ni ahogar cada una de sus angustias, se habían quedado con lo mejor de ella misma. Con sus años de plenitud y belleza, con sus memorias, con su vida...
Eran almas gemelas. Ella, como aquel río, nunca descansaba de su espera aunque ello la arrastrara siempre al mismo punto de confluencia entre el sufrimiento y la esperanza, aunque ello desembocara siempre en el mismo mar de olvido.

Carta a una amistad oxidada


Éramos amigas...
Y a veces recordar que es pasado...duele. Sí, aunque me cueste admitirlo, aunque nunca vayas a saberlo. Duele a pesar de que halla sido yo quien decidió alejarse, y duele mucho más cuando me acuerdo de que no te necesito nuevamente en mi vida, que estoy más resuelta que nunca a dejarte ir. Porque en realidad entendí que nuestra amistad no nos llevaba a ningún lado, que se sostenía de memorias y de risas que nunca más volverían a escucharse. Porque esos tiempos que eran mejores, cuando solíamos pasar noches enteras riendo de nada y charlando de todo, no regresarán nunca más. A veces también se me da por pensar el como nos cuesta asumir la palabra “nunca” cuando todo esta perdido. La impotencia que se siente al concluir con un “nunca más” una amistad como la que tuvimos. ¿No lo entiendes, cierto?.
Estoy quebrada, estoy rota, estoy cansada. Abatida porque fui hasta el límite por nuestra amistad y no me sirvió de nada. Deje de ser yo para salvarnos. Deje de ser yo para salvarte. Creí de verdad que algo tan simple como lo que nos distancio no podría derrotarme. Pero nos derroto y estoy exhausta. Y no tengo más fuerza.
Cuando estoy como ahora, sola, en medio de la noche y no me queda más remedio que ser sincera conmigo misma, me doy cuenta de lo mucho que me haces falta. Siempre trato de ignorar ese vacio que siento, y que intento tan fervorosamente de llenar con otras personas, con otras vivencias, pero no puedo.
¿Te acordas de cuando estábamos horas y horas imaginando como podíamos cambiar el mundo?
Cuanto cambiaste desde entonces. Cuanto cambie yo. ¿Cuánta distancia nos separa ahora de aquellas niñas de trece años que se perdían en su mundo de cosas tan simples, como un libro o una canción?
Ya no sé si te hecho de menos a vos, o a la que fuiste alguna vez, o si hecho de menos a quien era yo cuando vos estabas al lado mío. No, no te equivoques, no pienso que toda la culpa halla sido tuya. Y siempre voy a decir que fuiste vos quien me enseño a ser amiga. ¿Será por eso que me cuesta tanto dejarte ir aunque quiero que te vayas?
Creo que en este momento soy toda una contradicción. No me da vergüenza admitir que al principio te usaba porque estaba sola, porque me convenías. Pero con el tiempo eso cambio, vos lo cambiaste. Antes de vos, yo nunca había valorado a mis amigas. Pero con tus actitudes, que en este momento no sé si eran autenticas o no, me demostraste que existían más personas aparte de mí.
Sé, con todo el dolor del alma, que a pesar de que me soportaste en una de las depresiones más grandes de mi vida y luego de haberme enseñado tanto, te defraudé. Te deje de lado por perseguir un sueño imposible con el cual vos no compatibilizabas. Te cambie por él y por un puñado de amigas nuevas. Yo sé que me viste diferente, yo sé que te impresionaste cuando estaba cambiando todo lo que había sido. Cuando vos sentías que ya no teníamos nada que ver.
Y te deje sola frente a un mundo que siempre fue demasiado pesado para tus hombros. Para tu espíritu frágil. Sé que te di una amiga y te la quite. Tal vez te dolió tanto como a mí en este momento o tal vez no. O tal vez nunca me sentiste tu amiga.
Y después, seguiste tu camino sin mirar atrás. No te reprocho ¿cómo podría?, si te empuje a eso. Me arrepiento, y no recuerdo haberte pedido perdón alguna vez, me gustaría hacerlo con esta carta, si es que alguna vez la lees.
Entonces, cuando era tarde, volví pero ya no te conocía. Cuando creía hacerlo. Me sentí tan culpable, tan tonta.
Nunca quise obligarte a nada, solamente quería recuperar lo que nos había unido. Quería recuperar a mi mejor amiga. Pero todo en la vida vuelve, de forma cruel, vuelve. Y me tocó a mí el turno de la traición. Me mentiste y de verdad me dolió. A pesar de todo nunca había dejado de considerarte mi mejor amiga sobre todo el mundo. Te tenía idealizada como la mejor persona que se me cruzó por el camino.
Quizás, si me hubiera parado a escuchar un poco más, o si hubiese leído entre líneas sin dejarme distraer por ruidos externos, habría logrado comprenderte un poco más pero no pude. No puedo.
Y te juro por lo que quieras que me dolió pero no tanto como para no volver a intentarlo...dos veces más. No pude hacer nada. No pude con eso en lo que te convertiste o en lo que te convirtieron. O en lo que me convertí. Pero te vuelvo a jurar que lo intente, cambiar mis prioridades, cambiar yo, cambiarte...cambiar el mundo para que volviera a ser como antes. Agote todas las posibilidades y exprimí hasta la última alternativa, hasta que ya me dolía con tanto ímpetu que caí. No puedo ni quiero volver a levantarme.
Porque hubo un día en que te vi y no supe como actuar. Ese día en el cual descubrí que había una muralla entre las dos, y que me había golpeado un montón de veces contra ella. Lo que pasaba era que hasta que no la vi en tus ojos, no vi lo real que era, así que en ese momento decidí que ya no podía más, que atravesarla era imposible, que saltarla era imposible, y escalarla también. ¿Cómo hacerlo si ya no quería mantenerme en pie?
Aún así...
A veces, cuando esa debilidad, que tengo amarrada con cadenas en el rincón más oscuro de mi inconsciente, logra liberarse, empiezo a buscarte. En nuestra niñez compartida, en esas cartas tuyas que están escondidas dentro de una caja empolvada bajo el placard, en el arcoíris incoloro de los sueños infinitos que tejimos juntas. Y cuando te encuentro, me hundo en la tristeza de las palabras dichas que vendiste entre la soledad y la conveniencia.
Ese es el mismo momento en el que deseo volver a perderte, en el mismo rincón del recuerdo, ahí donde el olvido condena, donde las lagrimas se pierden entre la verdad y la mentira, donde se confunde la distancia con el tiempo. Ahí donde confundiste mi ausencia con traición, y perdiste esa honestidad que yo admiraba.
No me gusta mirar tus ojos vacios, donde ya no quedan rastros de ese brillo tan especial que tenían cuando te conocí...antes que todos. Te rompieron ¿cierto?, siempre fuiste tan débil, tan frágil y te quebraste...y ahora sólo eres una marioneta movida por los hilos de la desesperación. Te llevaron, te arrastraron, te equivocaron. Que triste, que trágico, que irónico. Yo, que te escuche hablando sobre un mundo mejor, te veo destruyendo todo aquello en lo que alguna vez creíste. ¿Siempre fuiste así?.
¿Sabes?, no quiero dejar de escribir porque no sé si volveré a tener fuerzas para hacerlo.
Nunca quise seas una persona distinta a la que eres, solo quise comprender ese silencio, solo quise volver a mirarte sin sentir decepción, sin que te sintieras decepcionada.
Hablar de todo me cuesta, porque es volver a hablar del pasado. No es fácil olvidar la amistad cuando se la creyó verdadera, no es fácil borrar los recuerdos. Ni olvidar esa época en que caminábamos por la vida dejando huellas al pasar, huellas que hoy no existen si no en mi corazón. Son las cadenas que llevo y de las que no consigo liberarme. Y me pongo a pensar, tal vez fui brutal a la distancia, tal vez me comporte erróneamente, tal vez en medio de mi desesperación dije o hice cosas sin sentido. Hoy cuando hablo de todo esto se me apaga la voz, y siento ganas de pedir otra oportunidad, pero al final me doy cuenta de que es inútil.
Mil veces intente convencerme de que un día miraríamos hacía atrás y veríamos que no todo estaba perdido, de que con optimismo, esfuerzo, voluntad y empeño se podía volver a comenzar y recuperar aquellos tiempos de fatídica soledad. Pero ahora estás tan distinta que no reconozco aquella persona que alguna vez fue mi amiga. Y eso puso fin a la ingenuidad de mi consuelo. Y eso me enfurece, me deprime, me duele...¿Por qué?
Porque existió un tiempo en que éramos amigas.
Y finalmente, ¿sabes qué?...No fuiste vos quien me lastimó. Sigo siendo yo la que se lastima, fueron aquellas expectativas que se quedaron guardadas, que se perdieron no sé en que momento, que simplemente... se esfumaron, tan rápido como "nuestra amistad".
Sí, fueron esas expectativas. Siempre pensé que nuestra amistad sería especial, que sería capaz de sobrepasar la barrera del tiempo; que vería pasar estaciones incontables; tenía tantas esperanzas puestas en vos; necesitaba tanto alguien en quien confiar...
Supe que ambas teníamos cosas que enseñarnos, que la vida nunca se equivoca, que nos tenía sorpresas preparadas y sin duda no creo haberme equivocado...
Sí, cosas buenas y malas.
Te agradezco todas lecciones de vida que me enseñaste, cada uno de los motivos que en justo momento me diste para sonreír, y especialmente, te agradezco por haberme enseñado a valorar la verdadera amistad. Puesto que a pesar de que el panorama luzca sombrío, siempre existe esa luz que te indica el camino para continuar, para sanar las heridas...
Y creo haberlo encontrado...
Gracias, sí y adiós... A veces las cosas suelen ser así de ambivalentes.

La última sonrisa


La última sonrisa


“...Y así, de la forma más simple conoces a la persona con la sonrisa más profunda del universo...”

—Tú...tú de verdad me gustas —Dijo, mientras su rostro se teñía de un adorable color carmín.

Annie lo miró con una sonrisa burlona dibujada en sus labios pálidos. La lluvia le mojaba el cabello, las mejillas, el vestido color celeste cielo...logrando que un efecto casi nostálgico la envolviera. El desprecio brillaba con intensidad en sus ojos, pero el torpe niño, en su emoción, no lo advirtió. Thomas sólo observaba embelesado como el columpio en el que ella estaba sentada se movía un poco, sin poder evitar preguntarse si era porque Annie estaba empujándose con esa sutileza con la que hacia todo, o porque el viento se agitaba como por arte de magia a su alrededor. Ella era tan ligera, tan delgada. Siempre tan pálida, tan dulce, tan efímera..tan perfecta. A él le gustaban sus manos suaves, delicadas, de niña, y su cabello largo, del color del ébano. Le gustaba todo de ella.

A ella no le gustaba nada de él. Ni su cabello de un rubio opaco ni esos ojos inocentes y cristalinos que decían tantas cosas.

—¿Estás bromeando, cierto? —Contestó la pequeña. Thomas tenía las pestañas largas y doradas, tan llenas de gotas de lluvia que parecían lágrimas pero sonrió, aunque llevará pedazos rotos de cristal en el pecho, sonrió.

—Entiendo —Él siempre lo entendía todo. Annie se preguntó como pudo permanecer tan impasible y sonriente ante su ofensa. Ese niño siempre fue muy extraño. No sabía demasiado sobre su vida, sólo que no tenía a nadie en el mundo, y, que, de vez en cuando, le hacia algunos recados a sus vecinos por unas cuantas monedas.
No le interesaba saber nada sobre Thomas. Sus manos sucias y callosas le daban repugnancia.
Aún así, casi inconscientemente, se preguntó...”¿Qué esconderá detrás de esa sonrisa?”

Si ella, por un segundo, hubiera decidido dejar de lado sus tontos prejuicios, habría notado que Thomas era un simple niño… un niño solitario… un niño solo y olvidado por todos, un niño que conocía el amor, su significado y valor, pero que no recordaba que a él lo hubiera rozado nunca.

Pero tal acto de empatía no estaba dentro de las posibilidades de Annie. Siempre tan caprichosa, siempre tan indiferente, siempre tan egoísta. Thomas la justificaba, diciéndose que era normal que actuara así. Una niña como ella, a la que la vida le había entregado todo, poco podía saber de hambre y frío. De dolor. ¿Qué significaría para Annie una sonrisa sincera, un abrazo, una caricia...el amor?, ¿cuántas muestras de cariño recibía al día sin ni siquiera pensarlo?

¿Cuántas recibía él?. Ninguna. Nada. De nadie. Un dolor casi inhumano lo recorrió de pies a cabeza, obligándolo a sonreír.

Annie comenzaba a enojarse por la actitud que el niño estaba tomando, ¿acaso se burlaba de ella?. Se levanto del columpio con esa gracia que la caracterizaba y miró a Thomas directo a los ojos, dos pozos azules que hablaban de soledad, de lágrimas que ya no se podían derramar. Que hablaban de desesperación, de angustia, de dolor y oscuridad. De un vacío inmenso del que nadie parecía querer ayudarlo a salir.

Los ojos puros de Thomas decían muchas cosas y todas tristes pero Annie no pudo encontrar nada en ellos, era incapaz de comprenderlo...era incapaz de sentirlo. Entonces , de forma presumida, levantó el mentón y le dedicó una última mirada despectiva que hizo que el dolorido corazón de su pequeño enamorado se rompiera aún más-si era posible-. Pasó a su lado, caminando como si él fuera un montón de basura acumulada, o peor, como si Thomas no existiera.

Él sólo miro el suelo, y siguió manteniendo firme su sonrisa. Muy firme, para no quebrarse. Estaba llorando por dentro, pero Thomas era invencible.

Annie se alejaba del huérfano pensando en como se reirían sus amigas cuando supieran lo que había ocurrido. A ella, ni en mil años, le gustaría un andrajoso como ese. Ignorante y sucio...tonto e ilógico. Mientras que cruzaba la calle, enumeraba mentalmente todas y cada una de las cosas malas que tenía Thomas, tan distraída iba en su propio egocentrismo que no oyó la bocina que le alertaba un peligro inminente. Sólo tuvo tiempo de mirar al frente para ver un destello dorado y azul.

—¡Niña! ¡Niña! —Escuchó una voz potente que le llamaba. Poco a poco, con esfuerzo, abrió los ojos. Sentía todo su cuerpo adolorido, como si el cansancio de un siglo de trabajo se hubiera almacenado en ella en un segundo—¡Holgazana! ¡Despierta!

Intentó reconocer quien era la persona que estaba perturbando su sueño. Ese rostro agrio no podía ser que otro más que el de Rose, la resentida jefa de cocineros del castillo. Ella reposaba su cabeza encima de la gran mesa de madera donde algunos minutos atrás cocinaba el pan para el gran banquete de la noche. Suspiró mientras adoptaba una posición que le permitiera despejarse. Se había dormido en medio de sus quehaceres...otra vez.

—¡Tú, niña necia e insolente! —Comenzó a reprenderla la estricta mujer, una vez segura que Annette había recuperado sus cinco sentidos— ¡Hoy es un día demasiado importante como para que te permitas dormir tan plácidamente!, ¡Me estoy encargando de que todos los criados trabajen con entereza, y no permitiré que tú seas la excepción!, si llego a verte cabeceando una vez más, juro que te arrepentirás.

Annette sólo asintió, y siguió amasando. Sentía que su cuerpo no resistiría otra jornada de trabajo tan larga y dura, sin embargo, sus manos se movían por inercia, toda ella se movía por inercia. Por momentos le parecía que sus piernas dejarían de sostenerla o que sus parpados sucumbirían al peso del sueño. Nada de eso pasaba. Sólo seguía y seguía, aunque no tuviera ninguna motivación, a pesar de que la vista se le nublará o que el estómago le rugiera de hambre.

—¡Annie! —Se alegró un poco cuando al levantar la vista pudo notar la presencia de su mejor amiga. Jane, era hija de un carpintero de ribera, lugar que le daba un poco de prestigio frente a los nobles. La niña de apenas quince años era dueña de una belleza fresca y deslumbrante, y de una personalidad brillante y alegre—¿Has escuchado que hoy, en el gran banquete, anunciaran públicamente el compromiso de la Princesa Cicily Leighton con Thomas?. He oído que hace mucho tiempo que están comprometidos, desde que nacieron, y que esa es la razón por la que la princesa venía como invitada aquí todos los veranos. ¿No es maravilloso?

—Sí, es extraordinario —Dijo intentando parecer alegre pero su voz le traicionó. Agradeció internamente que Jane fuera tan distraída respecto a los sentimientos ajenos, porque prestando un poco de atención, sólo un poco, hubiera escuchado el sonido que hizo del corazón de Annie al romperse. Las lagrimas comenzaron a deslizarse por su rostro con timidez, cual diamantes líquidos.

—¡Oh, estás llorando de felicidad, que dulce eres Annie! —Comentó su amiga. A veces Jane podía ser muy ingenua.

Annete Westler había estado enamorada de Thomas Lancaster desde que tenía memoria. Pero su amor no era más que una ilusión imposible en la cual se había permitido perderse. Porque él era el primogénito de un duque y ella nunca fue más que una plebeya tonta sin ninguna gracia en especial. A pesar de eso, Annie amaba soñar que Thomas, su príncipe de cabellos dorados como el sol, la rescataría algún día de su eterna soledad, aunque supiera que sus sueños estaban tan vacíos como los ojos de él cuando la miraba.

Para Thomas, hijo del duque de Lancaster, Annete Westler nunca sería más que una huérfana flacucha, casi fea, de cabello quebradizo y manos sucias. Para él, que estaba enamorado de de la princesa Cicily, la joven más bella de toda Inglaterra, Annete Westler no era más que un nombre.

Él para esa Annete Westler era el mundo. Esa joven que se permitía perderse en sus sueños, más dolorosos incluso que la realidad misma, porque le dejaban tocar con sus propias manos todo aquello que nunca le pertenecería. Pero prefería consumirse de dolor antes que abandonar lo único que podía tener de él...su ilusión.

—¿Sabes, Jane?...estoy pensando que hoy en día la gente ya no cree en nada— La joven la miró un poco indignada por la interrupción tan abrupta que sufrió su monólogo sobre las andanzas indecentes de la costurera de la reina con un soldado del ejercito del rey. Annie seguía llorando, pero su voz parecía firme.

—Eso es mentira—Dijo cada vez más extrañada por la actitud que había tomado su amiga— Si las personas no creyeran en nada, entonces no estarían vivas. Todos tenemos una razón para caminar hacia adelante.

—Te equivocas. Puede que lo que tengamos sea una razón para no quedarnos quietos.

—No veo la diferencia.

—Yo sí. En uno hay esperanza, en lo otro, no hay un lugar al que pertenezcas —Jane sólo la miró como si no entendiera nada, como si no le interesará en lo más mínimo esa conversación y Annie se sintió más sola que nadie en el mundo. Entonces su amiga retomó el relato sobre las acciones indecentes de dos miembros de la corte real, y ella, sólo siguió amasando para el banquete de compromiso de aquel a quien ella amaba.

El banquete comenzó cuando el atardecer cayó sobre el castillo. El cielo se había teñido de matices color sangre y oro. Los últimos rayos de sol, de un naranja mortecino, se vislumbraban tras las grandes montañas que rodeaban el lugar.

En el interior de la gran fortaleza, los nobles invitados conversaban sobre política o bailaban complicadas coreografías en el centro del salón, que estaba bellamente decorado. Ostentoso, más bien, pensó Annie. Los pisos brillaban tanto que parecían espejos y daba la impresión de que las estatuas y las escaleras de mármol habían sido blanqueadas con demasiado esmero.

Los arreglos de rosas doradas podían verse hasta donde alcanzaba la vista y los opulentos candelabros de cristal parecían estrellas de fuego gracias a los cientos de velas encendidas sobre ellos.

Annie sentía una inmensa repugnancia ante tal despliegue de frivolidad. Pensaba que si Cicily Leighton se dignara a mirar más allá del esplendor del castillo, se daría cuenta de que mientras ella disfrutaba de lujosos vestidos y almohadones de plumas, su pueblo sufría de hambre y abandono. La huérfana se preguntaba si todas las princesas serían como ella.

La arpista, ataviada con un elegante vestido blanco, tocaba con tanta pasión el instrumento que la música parecía brotar directamente desde su interior. La melodía era suave y romántica. Tan dulce a los oídos como la miel para los labios. Todo parecía estar envuelto en un halo de ensueño. Era como si los anhelos de Annie se hubieran cumplido para otra persona. Y tal vez, sus malas impresiones sobre Cicily sólo se debieran a la envidia que la carcomía por dentro como un veneno.

Ella miraba, desde el lugar que le había asignado Rose, como Cicily y Thomas giraban en el centro de la pista de baile, uno en los brazos del otro. Eran la pareja perfecta, ambos perfectamente hermosos y nobles. Todos los que los veían mirarse, podían afirmar sin dificultad que estaban completamente enamorados. La felicidad los envolvía como un aura.

A su lado, alguien como Annie debía resultar el ser más triste del mundo. Las huellas de las lágrimas que había derramado a lo largo del día estaban grabadas como un rastro salado en su rostro.

En ese momento, no podía más que recordar las sabias palabras que un viejo titiritero le había dicho un tiempo atrás. Cuando ella era todavía una niña que creía en los cuentos de hadas. Cuando era una niña que creía en el amor.

“¿Son verdaderas esas historias tan mágicas que usted cuenta?”-había preguntado ella con su voz de niña.

“Son viejos cuentos-dijo él, esbozando una triste sonrisa que dejaba ver sus dientes rotos-historias en las que las princesas se enamoran de los de buen corazón y los malos acaban por perder. Son grandes mentiras. Pero esos niños, que viven en la calle, como tú...como tus amigos, para los que cada amanecer es un milagro, necesitan tener esa esperanza. Si les contase historias reales, no confiarían en nada. Y si no confías en nada estás muerto por dentro”

Un grito espabiló a la joven, que estaba llorando de nuevo. Como de la nada, habían aparecido cientos de hombres ataviados con espadas y cotas de malla entre los invitados.

—¡Una traición! —Exclamó la arpista antes que un soldado la tomará del pelo y rasgara su garganta de un corte limpio. La sangre brotó de la herida, tiñendo de carmesí su inmaculado vestido.

Annie no alcanzó a entender nada, sólo corrió, como hacían todos. Lo que hacía segundos era un compromiso soñado se había convertido en una casería. Había gritos, sólo gritos, de una intensidad tal que la atravesaban como un dolores físicos. Gritos y confusión. Gritos y sangre. Alguien la tomó por la muñeca con brusquedad, y después, únicamente, tuvo tiempo para sentir como el acero traspasaba su vientre. Llevó sus manos hacia la herida de donde manaba un liquido espeso y caliente y cayó de rodillas.

Perdió la noción del tiempo por unos segundos.
Cuando la conciencia volvió a ella, lo primero que vio fue a Thomas luchando contra un hombre el doble de grande que él. Sus espadas se encontraban una y otra vez, en una danza mortal. Muy cerca estaba Cicily, llorando de miedo por su amado. Él estaba tratando de protegerla, estaba tratando de alejar a su oponente lo más posible de ella. Podía ver la desesperación y la frustración en sus ojos. Pudo leer en sus pensamientos que moriría si no lograba mantener a su princesa a salvo.

El gritó de Thomas la sobresaltó, su mano estaba apretando fuertemente el lado izquierdo de su abdomen donde la espada del traidor lo había alcanzado, tratando de controlar el flujo de sangre. Sabía que el estaba llegando al extremo y que no aguantaría mucho más. La derrota, el dolor y la frustración eran evidentes en su semblante, pero las lágrimas que escurrían de su rostro fueron las que desgarraron su corazón. Estaba llorando porque sabía que no podía salvarla, sabía que perdería a Cicily.

En ese momento lo supo. Si Thomas perdía a Cicily, sería infeliz por el resto de su vida. Si él no era feliz, ella tampoco. Tenía que salvar su felicidad, costase lo que costase. Tenía que salvar su sonrisa.

Parecía que los fieles al duque de Lancaster habían logrado manejar la situación. La mayoría de los traidores yacían muertos en el suelo o aprisionados. La mayoría, menos quien luchaba contra Thomas, que lanzó una estocada final, esbozando una sonrisa sangrienta, pero no pudo ni imaginar lo que sucedería a continuación.

Las heridas de Annete ardieron como nunca cuando se puso en pie. No supo de donde saco la energía para correr y colocarse frente a él, no supo como hizo para detener a ese traidor… sólo supo que lo hizo por él. De pronto, el tiempo se detuvo para ella, cuando una espada atravesó su abdomen. Había recibido la estocada final que estaba destinada a Thomas. Tosió un poco de sangre, pero cayó sobre los brazos de su príncipe de cabellos dorados. Que la miraba conmocionado, con sus hermosos ojos azules llenos de lastima.

El la notó, por un instante, supo que ella existía.

—¡Qué alguien la ayude! ¡Me ha salvado la vida! ¡Qué alguien la ayude! — Escuchó a Thomas gritando. Sabía que era él, a pesar de que ya no distinguía muy bien las voces. Sabía que era él, porque era la última voz que quería escuchar antes de morir.

No le importaba morir, porque sabía que él sería feliz al lado de Cicily. Sabía que les había dado a ambos una nueva oportunidad, sabía que lo había hecho por amor y aunque Thomas nunca la hubiera querido, ella siempre lo amaría… aunque no estuviese nunca junto a él.

—Thomas —Murmuró débilmente. Y tras su último suspiro, lo único que vio fue dorado y azul, el azul maravilloso de los ojos de su príncipe.


—¡Thomas! ¡Thomas! —Gritaba la pequeña niña entre los brazos de su madre, que lloró de alegría cuando ella despertó—¡Mamá! ¿qué me pasó?...

Sintió un pequeño dolor en su pierna, allí donde se había raspado al caer sobre el pavimento. Recorrió con la vista el lugar. Muy cerca de ellos estaba un auto destrozado color bordo, cuyo parabrisas había estallado por un fuerte impacto. Al lado del infortunado móvil sobresalía una ambulancia. ¿Una ambulancia?. Si ella apenas tenía un raspón.
Una realidad comenzó a tomar forma en su mente.

—¡Thomas, mamá! ¿dónde está?...él... —Su madre la miró con tristeza y lo comprendió todo. Con agilidad se escapó de la protección que le brindaba aquel abrazo, y corrió como en el sueño, con esa fuerza que sólo da el amor. Se inmiscuyó entre los enfermeros de bata blanca con ligereza y lo vio tendido en el suelo, en esa horrible camilla. Nunca había temblado tanto como en ese momento. Nunca había llorado tanto por alguien. Estaba muy lastimado, mucho, pero no dejaba de sonreír. De sonreírle. A ella. Por ella. Se arrodillo junto a Thomas, y por más de que los enfermeros intentaron evitarlo, acarició su mejilla para luego abrazarlo con suavidad. Como si no quisiera dejar más marcas, como si no quisiera dejar marchar su breve historia.

Lo miró a los ojos, una vez más. Y sus ojos le mostraron un mundo nuevo, que no conocía y que nunca pensó que pudiera existir. El mundo de Thomas se llamaba SOLEDAD. A través de él le llegaron sentimientos que le encogieron el corazón. ¿Un niño podía sentirse así? ¡Un niño nunca debería sentirse así!. Su dolor, el dolor de Thomas, era uno que muchos, por fortuna, ni en su vejez conocerían.

¿Cómo pude ser tan despreciable?. Se preguntó Annie, a sus doce años, mientras lo seguía abrazando sin querer soltarlo.

Thomas siempre fue mejor que ella. Thomas tenía un corazón que rebosaba de amor esperando ser entregado. Un corazón que nunca había perdido la esperanza de ser feliz, de encontrar alguien que lo entendiera, o que al menos, aceptara un poco de su afecto.

Él nunca supo que le dolió más: si el no poder dar o el no recibir.

¿Pero es qué nadie se dio cuenta de que estaba ahí?—Se preguntó Annie una vez más. ¿No era evidente que lo único que Thomas pedía era una sonrisa para entregar todo lo que él era?

Él seguía sonriendo mientras ella lloraba. Lloraba porque se sentía despreciable. Lloraba porque lo había lastimado. Lloraba de impotencia porque estaba segura que ya no podría remendar el daño. Lloraba y las lagrimas de ella, mezcladas con la suave lluvia que los empapaba, caían sobre el rostro de Thomas.

Y a pesar de todo, él le seguía sonriendo. Él tenía doce años y era un héroe, tan pequeño y ya era un héroe en la vida. Conocía más dolor y soledad que muchos de los que lo despreciaban. Un héroe sin culpa. Una víctima que se negaba a serlo. El niño que la había salvado. Simplemente Thomas. Sólo un niño, sólo azul, sólo amor.

—No llores por mí Annie, y sonríe, siempre sonríe, es la forma más hábil de ocultar el dolor—Dijo él con su voz quebrada pero feliz. Feliz porque había encontrado por fin a alguien que le dedicara un gesto de cariño. Luego, sólo cerró los ojos y se fue en paz.

Annie nunca olvido sus ojos azules y su sonrisa radiante. Annie nunca olvido sus últimas palabras. Annie siempre vivió con su dolor. Annie nunca dejo de sonreír.

Las no palabras...


Pasé las páginas de la gastadísima libreta. Ahí estaban. Líneas y líneas de conversaciones imposibles de entender, de relatos increíbles, de dibujos infantiles, de las estúpidas reflexiones que me había atrevido a mostrarle. Cientos de páginas manchadas de tinta negra. Historias capaces de hacerte llorar.
Aquella era nuestra locura.
Le devolví el cuaderno con una sonrisa, y ella garabateó lo siguiente:
"Quiero ir a un concierto y que gritemos como locos.
Quiero dar un discurso y que la Humanidad me escuche.
Quiero cantar bajo la lluvia y coger una pulmonía.
Quiero decir <<¡Espera!>>, y que todo se detenga.
Quiero que seas mi voz."
Noté cómo se me encogía el corazón.
Sus cuerdas vocales no funcionan...
Aún así, las palabras de Heather son únicas en el mundo.

Quizás no lo entiendas...


Quizá no lo entiendas
Quizá no lo pueda expresar de la forma que quiero. Quizá nunca lo entiendas. Es tan mío, es tan nuestro. ¿De quién? “nuestro”. Mío y de las personas como yo. Los únicos que pueden creerlo, que podemos sentirlo. A eso se resume, en sentirlo, en el aire, en la piel, en las manos, en los ojos, en el alma. Te eleva, te inunda, te habla, te enseña. Lo amas. Lo vives. No muere. No se detiene. No te abandona. Siempre te espera.
Si está, no existe el tiempo ni la distancia. No existe la lógica ni el tiempo ni la realidad. No existes tú porque te pierdes en ese delicado lazo de palabras que te absorben y te llevan a otros mundos. Leer es la única manera de viajar al pasado y al futuro, de mirar a través de otros ojos, de otra mirada. Escribir es la mejor manera de ser uno mismo, de tener más de una vida, más de un sueño.
Al fin lo entiendo, quiero morir con tinta en mismas manos, con historias en mis labios. Seguramente nunca lo entiendas. Aquellos que no valoran el poder las palabras no pueden comprenderlo. Esto es lo más importante que tengo, perderlo sería como renunciar a la vida, a mi misma. Es lo único que me hace caminar hacía adelante cuando creo que es mejor quedarme inmóvil dejando pasar el tiempo. Es lo que me recuerda que hay algo por lo que vivir cuando creo que nada vale la pena. Puede desaparecer el mundo pero nunca voy a estar sola, porque mientras tenga imaginación, mientras mi cabeza este llena de cuentos y de personajes, porque mientras tenga manos para escribir y ojos para leer, tiene sentido vivir, tiene sentido soñar.
Podrán quitarme los sueños, las sonrisas, la alegría y hasta la esperanza pero nunca las ganas de seguir escribiendo, de vivir imaginando. ¿Qué es la vida? Las vidas son historias como esas que te cuentan para dormir, con las que te encuentras al despertar. 

Alcanzar el cielo


Alcanzar el cielo, alcanzar el suelo.           

Esbozó una sonrisa fantasmal al observar aquella casa abandonada. Era enorme y se recortaba contra un cielo de un azul intenso. Las paredes, antes coloridas, estaban descascaradas y cubiertas por los graffitis de algún vándalo. El viejo cerco de madera que la rodeaba parecía ser una barrera entre la realidad y el pasado, como si estuviera suspendido en el tiempo. Pero no más que la hiedra, que era tan alta que besaba los alfeizares de las sucias ventanas e invisibilizada por completo lo que alguna vez fue un gran jardín.
Le sorprendía ver que el tiempo había sido tan cruel con la casa como lo había sido con ella. Quizás un poco menos.
Los recuerdos de los últimos días que pasó allí se deslizaron en puntita de pie desde la nebulosa de memoria.
Y se vio, en aquel mismo jardín, colocando pequeñas margaritas en la trenza de su hermana para que dejase de llorar. Recordaba su pequeña nariz roja y sus mejillas encendidas de inocencia.  Y el olor a césped recién cortado y las gotas de rocío que caían desde el gran abeto que las cubría con su follaje. Pudo sentir el escozor que picaba en el fondo de sus ojos y la sensación de que estaba sola en el mundo. Una sensación que nunca la había abandonado del todo.
-Quiero a mamá y a papá… ¿Dónde están? –Pudo escuchar la voz chillona de su hermana retumbar en sus oídos como si aún estuviera a su lado. Era una pregunta demasiado difícil de contestar para la niña de diez años que era en aquel momento.
-¿Ves allá arriba? –Había respondido señalando el cielo sobre ellas- Bueno, ahí se encuentran y nos están viendo siempre…y a ellos no les gusta que llores. Las niñas bonitas no lloran…cómo nos decía papá cuando nos arañábamos una rodilla… ¿recuerdas?
-¡Pero yo quiero que estén acá! ¡O quiero ir con ellos! –Gruñó- ¿cómo vamos con ellos? ¡No me gusta que se fueran sin llevarnos!- La expresión concentrada de su hermanita aún seguía grabada en su memoria igual que la maravillosa idea que se le ocurrió a continuación. Una idea que sólo podría ser concebida por la inocente lógica de un niño- Podríamos intentar atarnos a un pájaro… ¡ellos vuelan! o mejor ¿y si construimos una bicicleta voladora cómo del cuento que nos leían para dormir? – La esperanza en su pecho se había encendido rápidamente. Sus cabecitas aún no lograban entender que la voz dulce de mamá ya no les anunciaría que la comida estaba hecha ni que la sonrisa de papá ya no volvería a festejarles una travesura. Pero
en ese momento nada parecía tener más importancia que encontrar la manera de encontrar una especie de magia que las ayudará a despegar de la tierra para volar hasta los cálidos brazos de su madre.
-¿Pero como conseguiríamos un trébol de tres colores para iluminar de noche? ¿Y un duende que hechizará los pedales? ¡Y aparte tú no sabes montar en bicicleta! ¿Y si nos descubriera esa anciana que dice que nos encontrará un nuevo hogar?  
-El duende del cuento decía que para construir una bicicleta voladora es necesario perder el miedo a los imposibles y luego…
-Luego hay que atreverse a soñar…-Aún recordaba cómo se recostó sobre la hierba, cerrando fuertemente los ojos en un intento desesperado por escapar de la realidad- Y el paso más importante de todos, dice el duende, es liberar la imaginación, tiene que salir disparada de la jaula donde se encuentra para construir puentes…hay que dejar que haga explotar a la razón, que ensucie la realidad con sus colores, fluyendo en todas las direcciones…
-La imaginación es la única magia que se necesita para que, pedaleando sobre dos ruedas, podamos despegar y llegar hasta donde queramos…
Y ellas querían alcanzar al cielo. Volver con sus padres. Querían alejase de los miedos que palpitaban en su interior, respirando como si tuvieran vida. De la inminente soledad  que acechaba desde las amables sonrisas de los asistentes sociales.
-Las alas que abre la imaginación son las únicas que pueden hacernos volar alto – Dijo ella, completando las instrucciones que el pícaro duende del cuento daba sobre como construir una bicicleta voladora.
Ella recordó como una voz imperativa había dado fin a las ensoñaciones de ambas, ordenándoles que volvieran a la casa porque era la hora de partir hacía un nuevo hogar. Les había dicho que allí encontrarían nuevos amiguitos que tampoco tenían papás hasta que alguien las adoptara.
-Prométeme que mañana intentaremos construir esa bicicleta –Dijo su hermana mientras se levantaba, las margaritas que habían enredado en su trenza empezaban a caerse.
-Te lo prometo – Contestó a su hermanita mientras las cálidas lágrimas comenzaban a deslizarse por sus mejillas.
La joven de veinte años se secó los ojos con el dorso de su mano y volvió a sonreír, sin apartar la mirada de la gran estructura de piedra que algún día fue su hogar. Había sido una promesa vana. Para empezar nunca habían tenido una bicicleta, las alas se las habían cortado en el mismo momento en que las enviaron a diferentes orfanatos y más que perder el miedo a los imposibles, había sido imposible perder el miedo. Ese día habían soñado con alcanzar el cielo para volver a ver a sus padres pero lo único que lograron fue estrellarse contra una realidad que nunca les devolvió la sonrisa.

Actriz


Es increíble. Eso era lo único que podía pensar en ese momento. La inseguridad flotaba en el aire, lo consumía. Rose aspiró con fuerza, con esperanza,  pero se sentía ahogada…y exhausta. Nada estaba saliendo como ella quería. Nada. Todos los planes, aquellos que le habían consumido las neuronas y el tiempo, se desvanecían frente a sus ojos como si fueran castillos en el aire. Como si no tuvieran cimientos, como si ella no hubiera pasado horas y horas colocando cada ladrillo en el lugar indicado. ¿Y ahora qué hacía con todos sus sueños, con todo su esfuerzo, con todas las lágrimas que se habían evaporado bajo el maldito sol de las ilusiones?
-La vida es así, a veces ganas y a veces pierdes, lo importante es que lo has intentado- Le había dicho su madre para consolarla cuando le contó la nefasta noticia. Pero Rose pudo ver la decepción que se escondía detrás de sus ojos. Otra vez fallaba, otra vez volvía a ser la pequeña inconsciente que por querer atraparlo todo se quedaba con la nada. Otra vez volvía a defraudarlos, otra vez volvía a demostrar que su único talento era perder. El arte de perder.                                               
El arte de ser una fracasada, Rose. Se dijo a sí misma mientras se miraba al espejo.
Pero debía sonreír. Debía seguir bailando al compás de una mentira para demostrar que ella era fuerte-aunque no lo fuera ni un poco.
En eso sí que era buena, en actuar, en pretender. Actriz. Así es como deberían llamarla. Siempre intentando llenar expectativas, complaciendo. Ensayando las sonrisas, ensayando las palabras, actuando la vida. Era perfecta, tenía que ser perfecta.
Eso es lo que quiere creer.
Así que levantó el mentón, sonrío con una sonrisa plástica, tan vacía como se sentía por dentro, y le prometió a su madre que lo volverá a intentar.
Aunque por dentro lo único que quiera sea esconderse en el fondo de un armario vacío.

Entoncces la soledad...



Alguna vez se había preguntado qué era lo que tenia la soledad que la atraía tanto, y se lo preguntaba cada día, mientras leía un libro de Cortázar en su cama o bajo su árbol adorado en el parque, mientras tomaba café, durante una ducha, antes de cerrar finalmente los parpados y dar por terminado el día.
La ausencia de horarios y la falta de explicaciones, la libertad de no rendir cuentas, la libertad de decidir sin barreras. El tímido silencio, la introspección. Las luces y su penumbra iluminada tenuemente por sus oscuros ojos. Respirar, una y otra vez el aire tibio, la lluvia de verano, la quietud. Las largas caminatas por pasajes de casitas y arboledas, el murmullo típico de un barrio. Las fotografías, el colectivo vacío. El sol de las 5 de la madrugada. Su minucioso desorden, la poesía. Finalmente la música, el mayor de todos los placeres, no necesitaba más, sola, no tenía complicaciones; Sola, era suya y sostenía su irreverente cosmos en una mano despreocupada. Entonces llegó él- Entonces abrió la puerta y dejó la casa vacía de si. Se marchó en silencio. Se alejó sin despedidas. Corrió, lo más veloz que pudo, evadiendo todo rumbo. Y así, la soledad no volvió a ser la misma.

Quédate


No cruces la línea. No rompas, como tantas veces, la débil cinta que puse rodeándome, protegiéndome, con la inscripción frágil. Estoy en período de reparación. Estoy en período de mirar las heridas que nunca miré, y buscar de sanarlas, o al menos, dejar de profundizarlas. No rompas ahora, justo ahora, el silencio. No estires los brazos del tiempo para que vuelva a envolvernos, para que vuelva a contenernos, para que vuelva a hacernos alucinar con un paisaje bonito en el cual los dos cabemos perfectamente. No uses a tu favor mi debilidad. Porque sabes que si me sonreís, caigo de nuevo en la incertidumbre de perder cada uno de los motivos por los que me alejé de vos. No seas desleal. No manipules todo el material que te di sobre mí, en todo este tiempo de idas y vueltas a tu isla. Quédate ahí, inmóvil, como siempre. Quédate inmóvil, pero completamente, sin usar siquiera las palabras, los gestos induciendo a la confusión. Quédate ahí, junto a tus miedos inmaduros, junto a tu grata certeza de saberte ajeno a los peligros que podría acarrearte el enamoramiento. Quédate contemplándote los ojos, transparencias donde se pierden los caminos que llevan a tu corazón, donde se oscurece el discurso y se vuelve tonta nadería. Quédate acariciándote a solas. Quédate amándote, con ese amor que te reconoce sólo a vos como punto de partida y como fin último, con ese amor que nace de tu piel y vuelve a ella, con ese amor que yo ya no necesito.

Jugando a ser Dioses...


Creas a partir del vacío, manejas el destino del TODO y provocas la NADA.
En tu mano reside el poder de despertar el caos y adormecer el mundo. Con una sonrisa creas un pueblo, y en un ataque de ira deshaces tu propia creación. No hay nada antes de tí y tampoco después.
Sólo bastan unas simples líneas en el papel para hacer llorar o reír a una persona. Las atemorizas, les das fe o les arrebatas la esperanza.
En definitiva, los escritores jugamos a ser Dioses.