Vale: ¿Por qué pensás que repetimos todo el tiempo lo que nos hace mal?
Jaz: ¿Por qué repetimos siempre lo que nos hace mal? No lo se, ¿será que somos masoquistas?
Rama: Bueno, no se si uno repite tanto lo que le hace mal. Pero ponele que si¿Por qué?¿Será porque somos débiles?
Cielo: ¿Por qué repetimos cosas que nos hacen mal? ¿Será que uno repite porque hay algo que necesita aprender en eso que repite?
Tefi: Que se yo, no se por que la gente repite lo que le hace mal, serán tarados. Porque nos gusta sufrir.
Mar: No se. No se porque repetimos todo el tiempo esas cosas que nos hacen mal.
Thiago: ¿Qué es un nudo gordiano? Sí, yo se que es un nudo gordiano. Es un nudo muy complicado de cerrar.
Rama: Se dice nudo gordiano cuando algo es muy complicado de resolver.
Vale: ¿Cómo se desata un nudo gordiano?
Simón: Y... se insiste, se insiste hasta que lo resolvés. O no, por
ahí es mejor no insistir. En realidad yo nunca desaté un nudo en mi
vida.
Rama: Yo creo que la solución siempre viene por el lado menos pensado.
Tacho: Es como que uno quiere cambiar algo, eso que se repite y se
repite uno lo quiere cambiar, pero igual siempre terminás repitiendo lo
que querés cambiar. Por ahí el problema es ese, querer cambiar lo que no
se puede cambiar.
Simón: Si, y después las cosas que si se pueden cambiar, cambiarlas.
Pero siempre con paciencia, no hay que ser tan exigente con uno mismo.
Thiago: A veces es como que te sentís atraído, como que deseas
repetir eso aunque sabes que es un error¿Por qué? No lo se por que. Es
como cuando estás con una persona que no te hace bien, pero seguís,
porque creés que podés cambiar a esa persona¿Será eso?
Mar: Si siempre la pifias con lo mismo, si siempre te mandas el
mismo moco, no se, ¿será que tenés que hacer algo distinto para que pase
algo distinto?
Yo creo que uno repite esas cosas que lo marcaron de chico. Querés
que no te pase más eso que te pasó, pero por evitarlo te pasa todo el
tiempo. No se, no se cómo se desata un nudo gregoriano.
Cielo: ¿Cómo se desata un nudo gordiano? ¿Vos que pensas Torito?
¿Por qué todos repetimos las cosas que nos hacen mal? ¿Para cambiar?
Torito dice que nosotros repetimos las cosas que nos hacen mal para
cambiar. Yo creo que un nudo gordiano se desata con creatividad, con
pensamiento lateral.
Vale: La vida es una secuencia de repeticiones, y de vez en cuando algo distinto.
Mar: Uno vive atrapado en un nudo, enredado sin poder salir.
Thiago: Más tirás de esa soga, más se cierra el nudo.
Rama: Pero cuando menos lo esperás aparece algo distinto, algo inesperado que te cambia la vida.
Jaz: A veces cambiar es aceptar quién sos.
Tacho: A veces cambiar es aceptar quién es el otro.
Simón: Dudo, siempre dudo. Y me pregunto que nudo debo desatar para
soltarte, que nudo puedo atar para enrredarte. Creo que lo mejor es
soltar, soltar y dejar ir.
Cielo: La vida nos enseñó el real significado del pensamiento
lateral. Uno aprende realmente a ver las cosas desde otro lugar. Uno
vuelve a ver.
Se vuelve sencillo lo complicado. Desata, sin quererlo, el nudo
gordiano más complicado. Porque se sabe que cuando repetimos lo que nos
hace mal, no es porque somos tontos, masoquistas o débiles, sino que
repetimos simplemente porque queremos cambiar.
martes, 10 de diciembre de 2013
Las chicas sin suerte
"Las chicas sin suerte siempre somos espectadoras, nunca protagonistas.
Pero se espectador o protagonista depende solo de una decisión. A las
chicas sin suerte nunca nos dan un protagónico, siempre somos nosotras
las que tenemos que ir, pararnos en el centro del escenario, debajo de
la luz, y decir acá estoy.
Las chicas sin suerte vivimos lamentándonos por lo que nos tocó en suerte. Pero cuando nos revelamos, cuando agarramos el toro por las astas, algo empieza a cambiar. Las chicas sin suerte creemos que somos como una balsa en el mar, a la deriva. Pero podemos nadar, podemos patalear, remar está bien, tenemos que remar mucho, sí, pero remado llegamos a donde nosotros queremos, no a donde el mar nos lleva. Ya no necesitamos la suerte, porque la suerte la hacemos nosotras. Las chicas sin suerte nunca somos amadas. Y como no somos amadas las chicas sin suerte tenemos que hacer algo para que nos amen. Para las chicas sin suerte ser amadas es un trabajo, un esfuerzo. La suerte de la fea la linda la desea. Pero la fea no tiene suerte, tiene actitud, ella sabe hacer su propia suerte.
Porque es así, los que no tenemos suerte tenemos que ser prepotentes, estirar la mano y agarrar lo que la vida nos mezquina. La suerte de la fea la linda la desea, pero la fea no tiene suerte, tiene actitud ella sabe hacer su propia suerte"
Las chicas sin suerte vivimos lamentándonos por lo que nos tocó en suerte. Pero cuando nos revelamos, cuando agarramos el toro por las astas, algo empieza a cambiar. Las chicas sin suerte creemos que somos como una balsa en el mar, a la deriva. Pero podemos nadar, podemos patalear, remar está bien, tenemos que remar mucho, sí, pero remado llegamos a donde nosotros queremos, no a donde el mar nos lleva. Ya no necesitamos la suerte, porque la suerte la hacemos nosotras. Las chicas sin suerte nunca somos amadas. Y como no somos amadas las chicas sin suerte tenemos que hacer algo para que nos amen. Para las chicas sin suerte ser amadas es un trabajo, un esfuerzo. La suerte de la fea la linda la desea. Pero la fea no tiene suerte, tiene actitud, ella sabe hacer su propia suerte.
Porque es así, los que no tenemos suerte tenemos que ser prepotentes, estirar la mano y agarrar lo que la vida nos mezquina. La suerte de la fea la linda la desea, pero la fea no tiene suerte, tiene actitud ella sabe hacer su propia suerte"
Ella
Ella es una chica normal.
Sonríe, camina y, a veces, hasta se la oye cantar. Tiene en sus ojos, una
melancolía que nadie sabe explicar. Camina rápido, sin parar. Todos dicen que
tiene prisa, pero nadie sabe a donde va. Ella llega a su casa, y allí, se
siente fatal. Luego de un largo día, sólo quiere descansar. Su paseo solo es un
castigo: no puede dejar de pensar en todo lo que ha comido. Ahora, su ropa no
le va a entrar. Empieza su ceremonia, la niña empieza a contar: cierra la boca
con calma, siente ganas de llorar. Su cuerpo es su complejo, ella quiere
adelgazar. Todos dicen “¡que bella es!”, pero ella no lo puede ver, sólo sabe
agradecer. Su comida es su enemiga, nadie lo debe saber. Ella se siente vacía,
pobre princesita de cristal. Otro día ha terminado, se va a la cama sin cenar.
Me importa una mierda
Me importa una mierda lo que te pase, porque a vos te importó una
mierda lo que me pasaba a mí. Te importó una mierda que yo confiara en vos, te
importó una mierda lo que yo sentía por vos. Te importó una mierda cagarme. Así que
ahora ya está. Yo no tengo nada más que hablar con vos ni me interesa lo que
tengas para decirme porque esas palabras salidas de tu boca no las creo, no me
sirven, no me llenan, no significan nada ... No valen nada. O mejor dicho,
valen lo mismo que vos ... Menos que la nada misma. Mientras hablaba con él y
le decía todo esto, pensaba: Este hijo de puta me llama para cagarme la vida
justo en este momento de debilidad cuando me siento tan mal y tengo tantas
cosas dando vueltas en la cabeza y también pensaba que cuando cortara el
teléfono me iba a sentir peor. Pero no. No fue así. No se porqué y no quiero
averiguarlo, pero me siento mejor, me siento como más liviana y sobre todo
siento que ese nudo en la garganta de angustia y ese malestar en medio del
pecho ya no están, y me siento mejor. Siento un alivio. Ya no lloro más. No
me interesa el pelotudo ese, y todo lo que no me haga bien. Yo no quiero
sufrir más, no quiero estar mal, no quiero sentir dolor, no quiero estar
angustiada, no quiero ese nudo en la garganta, no quiero el dolor en el pecho,
no quiero ese vacío en mi corazón.
Mueve mejor las fichas...
Se acabó tu juego, se acabó el partido, conmigo no jugarás nunca
más. La próxima vez move mejor las fichas, borra mejor tu pasado, y no hagas dos
mismas promesas a dos personas que sin querer se pueden sentar al lado. No
escondas el polvo debajo de la alfombra que me considero curiosa y lo voy a
destapar, y cuando vea tus mentiras acumuladas, con evidencias en las manos no
podrás escapar
lunes, 4 de febrero de 2013
"Fragmento de Matices"
"— ¿Sabes qué? Te ves como un idiota…sentado aquí, en la sala común, observando la nada con la mirada perdida. No es digno de ti…eres una mierda, el amor es una mierda. Te hace vulnerable. Abre tu pecho y tu corazón para que alguien pueda entrar en ti y destrozarte. Levantas tus defensas. Construyes una armadura durante años, para que no te hagan daño, y una persona estúpida, idéntica a cualquier otra, entra en tu estúpida vida... y les das un pedazo de ti. No te lo piden. Hacen algo estúpido un día, te besan o te sonríen, y entonces tu vida ya no es tuya. Dime si no es una enorme estupidez… —Le dijo ella sonriendo con pesar y Draco le sonrió a su vez.
—Lo peor es que tienes razón, el amor es una puñetera mierda"
Rayo de luz
Rayo de luz
"Las memorias de una bastarda"
El amanecer estallaba con todos sus colores sobre Desembarco del Rey mientras ellas avanzaban por las Calles de la Harina. La pequeña Rukia no podía dejar de observar, fascinada, como el cielo se teñía de tonos rosados y púrpuras. Las nubes parecían hechas de dulce caramelo y se recortaban contra un firmamento que se le antojaba suave como la seda. Se quedó pasmada durante unos segundos frente a la belleza de aquel crepúsculo matutino, el primero que veía, pero su madre la devolvió a la realidad cuando le dio un jalón para que siguiese caminando. En aquellas épocas todavía era una niñita que se impresionaba fácilmente.
Aquella mañana Rukia se había despertado con ganas de vivir, no sabía ni como ni porque pero se sentía llena de un optimismo brillante. No podía dejar de sonreír mientras caminaba sujetando la mano de su madre, hasta tarareaba una cancioncilla en voz baja.
—Madre, quiero que me compres uno de esos pastelillos de fresa cuando pasemos junto al panadero.
Aehryn la miró sin borrar ese rictus de enojo permanente que siempre tenía adornándole el rostro. Ya le había repetido hasta el cansancio que eso no era posible porque el dinero que llevaban para hacer las compras no les pertenecía pero aún así la pequeña Rukia no se daba por vencida y seguía insistiendo. A veces hasta escucharla hablar se le hacía doloroso, era tan parecida a su padre que le provocaba nauseas. Rukia, aún siendo una niña, era dueña de un carácter impetuoso e impulsivo que la hacía luchar ferozmente para conseguir todo aquello que se proponía.
—Ya hemos hablado de eso —Le contestó—El dinero que nos dio Aleesia es para que compremos miel, azúcar y un vestido para mí porque el que usaba se ha roto.
—Madre —Inquirió la pequeña nuevamente—Kristeena me dijo ayer que él que te rompió el vestido fue aquel viejo asqueroso, él que llevaba una capa dorada y también me contó que fue él quien te dejo el ojo amoratado.
Aehryn abrió y cerró la boca un par de veces sin saber que responderle a su hija. Rukia tenía siete años y aún así era tan observadora que muchas veces la sorprendía con sus preguntas y sus conclusiones. Era curiosa y casi nada le pasaba inadvertido, eso la aterrorizaba.
—Cuando sea grande me uniré a la guardia real y no dejare que nadie te haga daño —Dijo seriamente, adoptando un porte que pretendía ser digno y orgulloso. Aehryn soltó una larga carcajada al escuchar a su hija y Rukia no pudo dejar de pensar que a su madre se le iluminaba el rostro cuando reía.
La pequeña observó en detalle a su progenitora, era alta y hermosa. Tenía un rostro bellísimo de pómulos altos y nariz respingada. La cabellera castaña y ondulada le caía como una cascada sobre la espalda y sus ojos marrones tenían motitas doradas cuando el sol se reflejaba en ellos. No se parecía en nada a Aehryn, ella era tan bajita y delgada que muchos decían que tenía un aspecto enfermizo y sus ojos era de un azul tan oscuro que casi parecían violetas. Su cabello era negro y no era sedoso, si que más bien guardaba cierto parecido con el heno de usaban para alimentar a los caballos. Y no era en absoluto bella.
— ¿Quién te ha metido esas ideas en la cabeza, Rukia? Las mujeres no pueden formar parte de la Guardia Real.
—Loran me dijo que podría porque siempre me confunden con un chico, yo no sé porque.
—Es porque te empeñas en vestirte como un chico.
—Es que odio esos vestidos estúpidos que Aleesia, Kathryna, Kristeena y Wanda quieren ponerme. Son muy incómodos y no me dejan treparme a los árboles con ellos. Ellas la mayor parte del tiempo van vestidas sin nada y dejan que esos hombres…
—Rukia, ya te he dicho que no tienes que bajar a la sala por las noches, no tienes la edad como para…
— ¡Pero Loran ya me lo explicó todo! Me dijo que La Casa de los Susurros es un burdel de lujo y que allí van los hombres cuando quieren…
— ¡No importa que es lo que sabes y que es lo que no sabes! ¡Yo no quiero que tú te mezcles con la clase de personas que van allí por las noches, puede ser muy peligroso!
Rukia odiaba que su madre la reprendiera pero también odiaba hacer que se preocupara por ella. A su corta edad ya sabía que lo único que no soportaba era que su madre se sintiera triste. No quería ser el motivo a por el cual Aehryn derramará aún más lágrimas por las noches. Porque sí, Rukia siempre la escuchaba sollozar hasta quedarse dormida.
Cada vez que recordaba eso sentía un profundo dolor en el pecho y se sentía muy culpable. Pero aún así se forzó por sonreír cuando vio al panadero y se lo señalo a su madre.
—Quiero un pastelillo de fresa, sólo uno, por favor mamá —Repitió poniendo su mejor cara de suplica. Aehryn la miró sintiéndose derrotada mientras la invadía un intenso amor hacía aquella montañita de problemas. Rukia lograba quebrar su voluntad en mil trozos diferentes sólo con un mohín, de la misma manera que lo había logrado su padre siete años atrás.
—Está bien, mi dulce duendecillo, pero sólo uno —Le contestó mientras le daba una moneda de cobre.
Su mente viajo al pasado mientras la veía alejarse dando pequeños saltitos de alegría. Recordó el día en que aquel pequeñito rayo de luz había irrumpido en su vida.
El establo estaba lleno de sombras pero fuera rugía la tormenta. Los gemidos de la mujer eran acallados por el ruido ensordecedor de los truenos y por el sonido iracundo del viento marítimo que arrasaba con todo lo que tenía a su paso. Se podía escuchar también el estrépito de las olas al chocar violentamente contra las piedras
—¡Vamos, Aehryn, sólo un esfuerzo más! ¡Tienes que hacerlo rápido pequeña, un poco más fuerte y deja ya de llorar!
La mujer pujó con todas las fuerzas que había podido reunir pero fue inútil. Había entrado en trabajo de parto hacía mucho tiempo y ella tenía la sensación de que el niño se aferraba fuertemente a sus entrañas porque no quería nacer en un mundo como ese. Si era así, Aehryn podía entenderlo muy bien.
El sudor corría libre por su nuca y las contracciones le dolían tanto que sentía que iba desmayarse de un momento a otro. Respiró agitadamente y empezó a pujar otra vez, cada vez más y más fuerte, gritando tanto que sentía que se le iba a desgarrar la garganta.
El dolor era inhumano y ella estaba llegando al límite de sus fuerzas.
La comadrona miró con rostro críptico aquel cuadro, la muchacha estaba ya muy débil y había perdido demasiada sangre, y la determinación que había mostrado al principio poco a poco se iba apagando. Quizás aquel bebé, al final, no viera la luz del día.
—Niña, tienes que dar tú último esfuerzo o tu bebé morirá ahogado, vamos, ¡puja una vez más! —Aehryn al escuchar eso sintió como toda su fuerza se renovaba, no podía perder a su hijo, era lo único que le quedaba, era lo único por lo que había luchado esos últimos nueve meses. Era la única razón que tenía para seguir viviendo, era el único rayo de luz que la había iluminado luego de tanta oscuridad.
En su último esfuerzo puso todo su dolor, todas sus frustaciones, toda la esperanza perdida y sus sueños rotos, en el último esfuerzo puso todo el amor que había sentido por su padre y el gritó liberador fue tal que muchos jurarían haberlo escuchado incluso en el pueblo. El llanto del bebé se escuchó mientras la tormenta amainaba y cuando le pusieron a su hija en brazos, Aehryn lloró de felicidad. Era pequeña, rosada y cabía perfectamente en ellos. Lo suyo con su hija había sido un amor a primera vista. La sensación de calidez que la recorrió cuando ese bulto de pelo negro busco su pecho para alimentarse fue indescriptible. Nada podría nunca comparársele.
—Se llamará Rukia —Le contó a la mujer mientras ella se lavaba las manos con agua fría—Ese nombre significa “rayo de luz”…
—Niña —Le dijo la comadrona con voz afectada—debes irte ya de Bastión de Tormentas, no hay tiempo. Ella me ha pedido que aproveche tu debilidad y que te mate a ti y a tu pequeña…debes irte.
La mano de su hija la devolvió al presente. La pequeña saboreaba su tan anhelado pastelillo con el pícaro rostro resplandeciente de felicidad. En ese momento, al verla así, Aehryn pensó que todos sus sacrificios habían merecido la pena pero levantar la mirada, la mujer quedó desencajada. Dos hombres a los que conocía muy bien se acercaban a ellas con paso rápido.
Rukia no entendió porque su madre la jalo con brusquedad y comenzó a arrastrarla por una larga e intrínseca serie de callejones. Le estaba dejando la muñeca en carne viva y hacía caso omiso de sus exclamaciones de dolor. No tardo mucho en comprender que las estaban siguiendo. Aehryn soltaba maldiciones a cada segundo y en un momento dado empezó a correr, obligándola a seguir su paso.
Corrieron y corrieron durante un largo tiempo pero parecía que aquellos callejones no terminarían nunca más. Esos hombres les mantenían el paso pero no lograban alcanzarlas. Tal vez se debiera a esas estúpidas corazas de hierro que llevaban puestas.
Pero de un momento a otro se quedaron atrapadas por una pared y no podían volver sobre sus pasos. Su madre se agacho a su lado y le dio un suave beso en la frente para luego abrazarla en un leve gesto de despedida.
—Escúchame Rukia, quiero que trepes este muro como tú sabes hacerlo y que corras y que no mires atrás, ¿puedes prometérmelo?
Los hombres ya habían doblado en aquel callejón y estaban a tan solo unos metros de ellas, sonriendo victoriosamente.
— ¡Vete! —Le gritó al verlos y por primera vez en su vida, Rukia le hizo caso sin rechistar. Pero mientras se alejaba no fue capaz de cumplir una de sus promesas, miró hacía atrás justo en el instante en que su madre estaba siendo atravesada por una espada. La sangre brotó como una cascada de su cuello tiñéndole su bonito vestido color crema de un rojo carmesí. El color de su despedida.
Luego de eso ella sólo corrió. Corrió lejos, a cualquier lugar, bajo la luz del día, con todos viendo pero siendo invisible. Deseando alejarse lo más posible de aquel lugar en el que la había visto morir. Corrió, como si cada paso le quitara un poco la vida, porque si miraba hacía atrás no habría retorno. Porque si dudaba un instante estaría perdida. No había nada después de eso. Ni una esperanza ni un mañana. Ni siquiera la promesa de un tal vez. Ante ella sólo se extendía un camino de oscuridad y desconsuelo. La soledad.
No supo ni como ni cuando había llegado hasta un recoveco que se formaba entre dos tejados. Esa mañana, Rukia se había despertado con ganas de vivir pero esa noche al acostarse, se sintió muerta por dentro.
El río que no descansa
El río que no descansa
“Es una perfecta
noche de verano”
Pensó ella mientras hundía sus pies en la tibieza de aquellas aguas
susurrantes. El río estaba tranquilo. La luna arrancaba destellos color plata
de la superficie tersa cual terciopelo azul; concediéndole al paisaje un halo
de ensueño. La brisa era cálida, tanto que cerró los ojos sólo para sentir su
leve caricia en el rostro y el alma. Lo necesitaba tanto que aspiró con fuerza.
El dulce aroma de la libertad que inundó sus pulmones le hizo esbozar una
sonrisa lastimosa pero no logró barrer ninguna de sus penas. Sólo pedía una
bocanada de aire. Sólo pedía una bocanada de esperanza.
A lo lejos vio como la
corriente arrastraba con lentitud lo que parecía ser un pequeño tronco de
madera. “El río no detiene nunca su marcha” Se dijo “Y el tiempo
tampoco...el tiempo tampoco. Volvía cada noche a las orillas del Sena
usando el mismo vestido blanco sólo para aguardar su regreso, para cumplir una
antigua promesa de amor eterno. Ella no recordaba ya ni el nombre ni el rostro
de aquel a quien había despedido en ese mismo lugar muchos años atrás pero
hacía un millón de lunas que lo esperaba, por más vacias que estás parecieran.
Permanecía allí parada
mirando al horizonte durante toda la noche hasta que el amanecer estallaba con
todos sus colores y se veía obligada a volver a casa arrastrando toneladas de
sueños marchitos y la promesa de un mañana. De un mañana que nunca iba a
llegar.
En el pueblo decían que
su verdadero amor era aquel río que fue testigo de tantas lágrimas. Y en parte
era verdad porque aunque esas aguas jamás pudieron lavar su dolor, ni ahogar
cada una de sus angustias, se habían quedado con lo mejor de ella misma. Con
sus años de plenitud y belleza, con sus memorias, con su vida...
Eran almas gemelas.
Ella, como aquel río, nunca descansaba de su espera aunque ello la arrastrara
siempre al mismo punto de confluencia entre el sufrimiento y la esperanza,
aunque ello desembocara siempre en el mismo mar de olvido.
Carta a una amistad oxidada
Éramos amigas...
Y a veces recordar que es pasado...duele. Sí, aunque
me cueste admitirlo, aunque nunca vayas a saberlo. Duele a pesar de que halla
sido yo quien decidió alejarse, y duele mucho más cuando me acuerdo de que no
te necesito nuevamente en mi vida, que estoy más resuelta que nunca a dejarte
ir. Porque en realidad entendí que nuestra amistad no nos llevaba a ningún
lado, que se sostenía de memorias y de risas que nunca más volverían a
escucharse. Porque esos tiempos que eran mejores, cuando solíamos pasar noches
enteras riendo de nada y charlando de todo, no regresarán nunca más. A veces
también se me da por pensar el como nos cuesta asumir la palabra “nunca” cuando
todo esta perdido. La impotencia que se siente al concluir con un “nunca más”
una amistad como la que tuvimos. ¿No lo entiendes, cierto?.
Estoy quebrada, estoy rota, estoy cansada. Abatida
porque fui hasta el límite por nuestra amistad y no me sirvió de nada. Deje de
ser yo para salvarnos. Deje de ser yo para salvarte. Creí de verdad que algo
tan simple como lo que nos distancio no podría derrotarme. Pero nos derroto y
estoy exhausta. Y no tengo más fuerza.
Cuando estoy como ahora, sola, en medio de la noche y
no me queda más remedio que ser sincera conmigo misma, me doy cuenta de lo
mucho que me haces falta. Siempre trato de ignorar ese vacio que siento, y que
intento tan fervorosamente de llenar con otras personas, con otras vivencias,
pero no puedo.
¿Te acordas de cuando estábamos horas y horas
imaginando como podíamos cambiar el mundo?
Cuanto cambiaste desde entonces. Cuanto cambie yo.
¿Cuánta distancia nos separa ahora de aquellas niñas de trece años que se
perdían en su mundo de cosas tan simples, como un libro o una canción?
Ya no sé si te hecho de menos a vos, o a la que fuiste
alguna vez, o si hecho de menos a quien era yo cuando vos estabas al lado mío.
No, no te equivoques, no pienso que toda la culpa halla sido tuya. Y siempre
voy a decir que fuiste vos quien me enseño a ser amiga. ¿Será por eso
que me cuesta tanto dejarte ir aunque quiero que te vayas?
Creo que en este momento soy toda una contradicción.
No me da vergüenza admitir que al principio te usaba porque estaba sola, porque
me convenías. Pero con el tiempo eso cambio, vos lo cambiaste. Antes de vos, yo
nunca había valorado a mis amigas. Pero con tus actitudes, que en este momento
no sé si eran autenticas o no, me demostraste que existían más personas aparte
de mí.
Sé, con todo el dolor del alma, que a pesar de que me
soportaste en una de las depresiones más grandes de mi vida y luego de haberme
enseñado tanto, te defraudé. Te deje de lado por perseguir un sueño imposible
con el cual vos no compatibilizabas. Te cambie por él y por un puñado de amigas
nuevas. Yo sé que me viste diferente, yo sé que te impresionaste cuando estaba
cambiando todo lo que había sido. Cuando vos sentías que ya no teníamos nada
que ver.
Y te deje sola frente a un mundo que siempre fue
demasiado pesado para tus hombros. Para tu espíritu frágil. Sé que te di una
amiga y te la quite. Tal vez te dolió tanto como a mí en este momento o tal vez
no. O tal vez nunca me sentiste tu amiga.
Y después, seguiste tu camino sin mirar atrás. No te
reprocho ¿cómo podría?, si te empuje a eso. Me arrepiento, y no recuerdo
haberte pedido perdón alguna vez, me gustaría hacerlo con esta carta, si es que
alguna vez la lees.
Entonces, cuando era tarde, volví pero ya no te
conocía. Cuando creía hacerlo. Me sentí tan culpable, tan tonta.
Nunca quise obligarte a nada, solamente quería
recuperar lo que nos había unido. Quería recuperar a mi mejor amiga. Pero todo
en la vida vuelve, de forma cruel, vuelve. Y me tocó a mí el turno de la
traición. Me mentiste y de verdad me dolió. A pesar de todo nunca había dejado
de considerarte mi mejor amiga sobre todo el mundo. Te tenía idealizada como la
mejor persona que se me cruzó por el camino.
Quizás, si me hubiera parado a escuchar un poco más, o
si hubiese leído entre líneas sin dejarme distraer por ruidos externos, habría
logrado comprenderte un poco más pero no pude. No puedo.
Y te juro por lo que quieras que me dolió pero no
tanto como para no volver a intentarlo...dos veces más. No pude hacer nada. No
pude con eso en lo que te convertiste o en lo que te convirtieron. O en lo que
me convertí. Pero te vuelvo a jurar que lo intente, cambiar mis prioridades,
cambiar yo, cambiarte...cambiar el mundo para que volviera a ser como antes.
Agote todas las posibilidades y exprimí hasta la última alternativa, hasta que
ya me dolía con tanto ímpetu que caí. No puedo ni quiero volver a levantarme.
Porque hubo un día en que te vi y no supe como actuar.
Ese día en el cual descubrí que había una muralla entre las dos, y que me había
golpeado un montón de veces contra ella. Lo que pasaba era que hasta que no la
vi en tus ojos, no vi lo real que era, así que en ese momento decidí que ya no
podía más, que atravesarla era imposible, que saltarla era imposible, y
escalarla también. ¿Cómo hacerlo si ya no quería mantenerme en pie?
Aún así...
A veces, cuando esa debilidad, que tengo amarrada con
cadenas en el rincón más oscuro de mi inconsciente, logra liberarse, empiezo a buscarte.
En nuestra niñez compartida, en esas cartas tuyas que están escondidas dentro
de una caja empolvada bajo el placard, en el arcoíris incoloro de los sueños
infinitos que tejimos juntas. Y cuando te encuentro, me hundo en la tristeza de
las palabras dichas que vendiste entre la soledad y la conveniencia.
Ese es el mismo momento en el que deseo volver a
perderte, en el mismo rincón del recuerdo, ahí donde el olvido condena, donde
las lagrimas se pierden entre la verdad y la mentira, donde se confunde la
distancia con el tiempo. Ahí donde confundiste mi ausencia con traición, y
perdiste esa honestidad que yo admiraba.
No me gusta mirar tus ojos vacios, donde ya no quedan
rastros de ese brillo tan especial que tenían cuando te conocí...antes que
todos. Te rompieron ¿cierto?, siempre fuiste tan débil, tan frágil y te
quebraste...y ahora sólo eres una marioneta movida por los hilos de la
desesperación. Te llevaron, te arrastraron, te equivocaron. Que triste, que
trágico, que irónico. Yo, que te escuche hablando sobre un mundo mejor, te veo
destruyendo todo aquello en lo que alguna vez creíste. ¿Siempre fuiste así?.
¿Sabes?, no quiero dejar de escribir porque no sé si
volveré a tener fuerzas para hacerlo.
Nunca quise seas una persona distinta a la que eres, solo quise comprender ese silencio, solo quise volver a mirarte sin sentir decepción, sin que te sintieras decepcionada.
Nunca quise seas una persona distinta a la que eres, solo quise comprender ese silencio, solo quise volver a mirarte sin sentir decepción, sin que te sintieras decepcionada.
Hablar de todo me cuesta, porque es volver a hablar
del pasado. No es fácil olvidar la amistad cuando se la creyó verdadera, no es
fácil borrar los recuerdos. Ni olvidar esa época en que caminábamos por la vida
dejando huellas al pasar, huellas que hoy no existen si no en mi corazón. Son
las cadenas que llevo y de las que no consigo liberarme. Y me pongo a pensar,
tal vez fui brutal a la distancia, tal vez me comporte erróneamente, tal vez en
medio de mi desesperación dije o hice cosas sin sentido. Hoy cuando hablo de
todo esto se me apaga la voz, y siento ganas de pedir otra oportunidad, pero al
final me doy cuenta de que es inútil.
Mil veces intente convencerme de que un día miraríamos
hacía atrás y veríamos que no todo estaba perdido, de que con optimismo,
esfuerzo, voluntad y empeño se podía volver a comenzar y recuperar aquellos
tiempos de fatídica soledad. Pero ahora estás tan distinta que no reconozco
aquella persona que alguna vez fue mi amiga. Y eso puso fin a la ingenuidad de
mi consuelo. Y eso me enfurece, me deprime, me duele...¿Por qué?
Porque existió un tiempo en que éramos amigas.
Y finalmente, ¿sabes qué?...No fuiste vos quien me
lastimó. Sigo siendo yo la que se lastima, fueron aquellas expectativas que se
quedaron guardadas, que se perdieron no sé en que momento, que simplemente...
se esfumaron, tan rápido como "nuestra amistad".
Sí, fueron esas expectativas. Siempre pensé que
nuestra amistad sería especial, que sería capaz de sobrepasar la barrera del
tiempo; que vería pasar estaciones incontables; tenía tantas esperanzas puestas
en vos; necesitaba tanto alguien en quien confiar...
Supe que ambas teníamos cosas que enseñarnos, que la
vida nunca se equivoca, que nos tenía sorpresas preparadas y sin duda no creo
haberme equivocado...
Sí, cosas buenas y
malas.
Te agradezco todas lecciones de vida que me enseñaste,
cada uno de los motivos que en justo momento me diste para sonreír, y
especialmente, te agradezco por haberme enseñado a valorar la verdadera
amistad. Puesto que a pesar de que el panorama luzca sombrío, siempre existe
esa luz que te indica el camino para continuar, para sanar las heridas...
Y creo haberlo encontrado...
Gracias, sí y adiós... A veces las cosas suelen ser
así de ambivalentes.
La última sonrisa
La última sonrisa
“...Y así, de la forma más simple conoces a la persona con la sonrisa más profunda del universo...”
—Tú...tú de verdad me gustas —Dijo, mientras su rostro se teñía de un adorable color carmín.
Annie lo miró con una sonrisa burlona dibujada en sus labios pálidos. La lluvia le mojaba el cabello, las mejillas, el vestido color celeste cielo...logrando que un efecto casi nostálgico la envolviera. El desprecio brillaba con intensidad en sus ojos, pero el torpe niño, en su emoción, no lo advirtió. Thomas sólo observaba embelesado como el columpio en el que ella estaba sentada se movía un poco, sin poder evitar preguntarse si era porque Annie estaba empujándose con esa sutileza con la que hacia todo, o porque el viento se agitaba como por arte de magia a su alrededor. Ella era tan ligera, tan delgada. Siempre tan pálida, tan dulce, tan efímera..tan perfecta. A él le gustaban sus manos suaves, delicadas, de niña, y su cabello largo, del color del ébano. Le gustaba todo de ella.
A ella no le gustaba nada de él. Ni su cabello de un rubio opaco ni esos ojos inocentes y cristalinos que decían tantas cosas.
—¿Estás bromeando, cierto? —Contestó la pequeña. Thomas tenía las pestañas largas y doradas, tan llenas de gotas de lluvia que parecían lágrimas pero sonrió, aunque llevará pedazos rotos de cristal en el pecho, sonrió.
—Entiendo —Él siempre lo entendía todo. Annie se preguntó como pudo permanecer tan impasible y sonriente ante su ofensa. Ese niño siempre fue muy extraño. No sabía demasiado sobre su vida, sólo que no tenía a nadie en el mundo, y, que, de vez en cuando, le hacia algunos recados a sus vecinos por unas cuantas monedas.
No le interesaba saber nada sobre Thomas. Sus manos sucias y callosas le daban repugnancia.
Aún así, casi inconscientemente, se preguntó...”¿Qué esconderá detrás de esa sonrisa?”
Si ella, por un segundo, hubiera decidido dejar de lado sus tontos prejuicios, habría notado que Thomas era un simple niño… un niño solitario… un niño solo y olvidado por todos, un niño que conocía el amor, su significado y valor, pero que no recordaba que a él lo hubiera rozado nunca.
Pero tal acto de empatía no estaba dentro de las posibilidades de Annie. Siempre tan caprichosa, siempre tan indiferente, siempre tan egoísta. Thomas la justificaba, diciéndose que era normal que actuara así. Una niña como ella, a la que la vida le había entregado todo, poco podía saber de hambre y frío. De dolor. ¿Qué significaría para Annie una sonrisa sincera, un abrazo, una caricia...el amor?, ¿cuántas muestras de cariño recibía al día sin ni siquiera pensarlo?
¿Cuántas recibía él?. Ninguna. Nada. De nadie. Un dolor casi inhumano lo recorrió de pies a cabeza, obligándolo a sonreír.
Annie comenzaba a enojarse por la actitud que el niño estaba tomando, ¿acaso se burlaba de ella?. Se levanto del columpio con esa gracia que la caracterizaba y miró a Thomas directo a los ojos, dos pozos azules que hablaban de soledad, de lágrimas que ya no se podían derramar. Que hablaban de desesperación, de angustia, de dolor y oscuridad. De un vacío inmenso del que nadie parecía querer ayudarlo a salir.
Los ojos puros de Thomas decían muchas cosas y todas tristes pero Annie no pudo encontrar nada en ellos, era incapaz de comprenderlo...era incapaz de sentirlo. Entonces , de forma presumida, levantó el mentón y le dedicó una última mirada despectiva que hizo que el dolorido corazón de su pequeño enamorado se rompiera aún más-si era posible-. Pasó a su lado, caminando como si él fuera un montón de basura acumulada, o peor, como si Thomas no existiera.
Él sólo miro el suelo, y siguió manteniendo firme su sonrisa. Muy firme, para no quebrarse. Estaba llorando por dentro, pero Thomas era invencible.
Annie se alejaba del huérfano pensando en como se reirían sus amigas cuando supieran lo que había ocurrido. A ella, ni en mil años, le gustaría un andrajoso como ese. Ignorante y sucio...tonto e ilógico. Mientras que cruzaba la calle, enumeraba mentalmente todas y cada una de las cosas malas que tenía Thomas, tan distraída iba en su propio egocentrismo que no oyó la bocina que le alertaba un peligro inminente. Sólo tuvo tiempo de mirar al frente para ver un destello dorado y azul.
—¡Niña! ¡Niña! —Escuchó una voz potente que le llamaba. Poco a poco, con esfuerzo, abrió los ojos. Sentía todo su cuerpo adolorido, como si el cansancio de un siglo de trabajo se hubiera almacenado en ella en un segundo—¡Holgazana! ¡Despierta!
Intentó reconocer quien era la persona que estaba perturbando su sueño. Ese rostro agrio no podía ser que otro más que el de Rose, la resentida jefa de cocineros del castillo. Ella reposaba su cabeza encima de la gran mesa de madera donde algunos minutos atrás cocinaba el pan para el gran banquete de la noche. Suspiró mientras adoptaba una posición que le permitiera despejarse. Se había dormido en medio de sus quehaceres...otra vez.
—¡Tú, niña necia e insolente! —Comenzó a reprenderla la estricta mujer, una vez segura que Annette había recuperado sus cinco sentidos— ¡Hoy es un día demasiado importante como para que te permitas dormir tan plácidamente!, ¡Me estoy encargando de que todos los criados trabajen con entereza, y no permitiré que tú seas la excepción!, si llego a verte cabeceando una vez más, juro que te arrepentirás.
Annette sólo asintió, y siguió amasando. Sentía que su cuerpo no resistiría otra jornada de trabajo tan larga y dura, sin embargo, sus manos se movían por inercia, toda ella se movía por inercia. Por momentos le parecía que sus piernas dejarían de sostenerla o que sus parpados sucumbirían al peso del sueño. Nada de eso pasaba. Sólo seguía y seguía, aunque no tuviera ninguna motivación, a pesar de que la vista se le nublará o que el estómago le rugiera de hambre.
—¡Annie! —Se alegró un poco cuando al levantar la vista pudo notar la presencia de su mejor amiga. Jane, era hija de un carpintero de ribera, lugar que le daba un poco de prestigio frente a los nobles. La niña de apenas quince años era dueña de una belleza fresca y deslumbrante, y de una personalidad brillante y alegre—¿Has escuchado que hoy, en el gran banquete, anunciaran públicamente el compromiso de la Princesa Cicily Leighton con Thomas?. He oído que hace mucho tiempo que están comprometidos, desde que nacieron, y que esa es la razón por la que la princesa venía como invitada aquí todos los veranos. ¿No es maravilloso?
—Sí, es extraordinario —Dijo intentando parecer alegre pero su voz le traicionó. Agradeció internamente que Jane fuera tan distraída respecto a los sentimientos ajenos, porque prestando un poco de atención, sólo un poco, hubiera escuchado el sonido que hizo del corazón de Annie al romperse. Las lagrimas comenzaron a deslizarse por su rostro con timidez, cual diamantes líquidos.
—¡Oh, estás llorando de felicidad, que dulce eres Annie! —Comentó su amiga. A veces Jane podía ser muy ingenua.
Annete Westler había estado enamorada de Thomas Lancaster desde que tenía memoria. Pero su amor no era más que una ilusión imposible en la cual se había permitido perderse. Porque él era el primogénito de un duque y ella nunca fue más que una plebeya tonta sin ninguna gracia en especial. A pesar de eso, Annie amaba soñar que Thomas, su príncipe de cabellos dorados como el sol, la rescataría algún día de su eterna soledad, aunque supiera que sus sueños estaban tan vacíos como los ojos de él cuando la miraba.
Para Thomas, hijo del duque de Lancaster, Annete Westler nunca sería más que una huérfana flacucha, casi fea, de cabello quebradizo y manos sucias. Para él, que estaba enamorado de de la princesa Cicily, la joven más bella de toda Inglaterra, Annete Westler no era más que un nombre.
Él para esa Annete Westler era el mundo. Esa joven que se permitía perderse en sus sueños, más dolorosos incluso que la realidad misma, porque le dejaban tocar con sus propias manos todo aquello que nunca le pertenecería. Pero prefería consumirse de dolor antes que abandonar lo único que podía tener de él...su ilusión.
—¿Sabes, Jane?...estoy pensando que hoy en día la gente ya no cree en nada— La joven la miró un poco indignada por la interrupción tan abrupta que sufrió su monólogo sobre las andanzas indecentes de la costurera de la reina con un soldado del ejercito del rey. Annie seguía llorando, pero su voz parecía firme.
—Eso es mentira—Dijo cada vez más extrañada por la actitud que había tomado su amiga— Si las personas no creyeran en nada, entonces no estarían vivas. Todos tenemos una razón para caminar hacia adelante.
—Te equivocas. Puede que lo que tengamos sea una razón para no quedarnos quietos.
—No veo la diferencia.
—Yo sí. En uno hay esperanza, en lo otro, no hay un lugar al que pertenezcas —Jane sólo la miró como si no entendiera nada, como si no le interesará en lo más mínimo esa conversación y Annie se sintió más sola que nadie en el mundo. Entonces su amiga retomó el relato sobre las acciones indecentes de dos miembros de la corte real, y ella, sólo siguió amasando para el banquete de compromiso de aquel a quien ella amaba.
El banquete comenzó cuando el atardecer cayó sobre el castillo. El cielo se había teñido de matices color sangre y oro. Los últimos rayos de sol, de un naranja mortecino, se vislumbraban tras las grandes montañas que rodeaban el lugar.
En el interior de la gran fortaleza, los nobles invitados conversaban sobre política o bailaban complicadas coreografías en el centro del salón, que estaba bellamente decorado. Ostentoso, más bien, pensó Annie. Los pisos brillaban tanto que parecían espejos y daba la impresión de que las estatuas y las escaleras de mármol habían sido blanqueadas con demasiado esmero.
Los arreglos de rosas doradas podían verse hasta donde alcanzaba la vista y los opulentos candelabros de cristal parecían estrellas de fuego gracias a los cientos de velas encendidas sobre ellos.
Annie sentía una inmensa repugnancia ante tal despliegue de frivolidad. Pensaba que si Cicily Leighton se dignara a mirar más allá del esplendor del castillo, se daría cuenta de que mientras ella disfrutaba de lujosos vestidos y almohadones de plumas, su pueblo sufría de hambre y abandono. La huérfana se preguntaba si todas las princesas serían como ella.
La arpista, ataviada con un elegante vestido blanco, tocaba con tanta pasión el instrumento que la música parecía brotar directamente desde su interior. La melodía era suave y romántica. Tan dulce a los oídos como la miel para los labios. Todo parecía estar envuelto en un halo de ensueño. Era como si los anhelos de Annie se hubieran cumplido para otra persona. Y tal vez, sus malas impresiones sobre Cicily sólo se debieran a la envidia que la carcomía por dentro como un veneno.
Ella miraba, desde el lugar que le había asignado Rose, como Cicily y Thomas giraban en el centro de la pista de baile, uno en los brazos del otro. Eran la pareja perfecta, ambos perfectamente hermosos y nobles. Todos los que los veían mirarse, podían afirmar sin dificultad que estaban completamente enamorados. La felicidad los envolvía como un aura.
A su lado, alguien como Annie debía resultar el ser más triste del mundo. Las huellas de las lágrimas que había derramado a lo largo del día estaban grabadas como un rastro salado en su rostro.
En ese momento, no podía más que recordar las sabias palabras que un viejo titiritero le había dicho un tiempo atrás. Cuando ella era todavía una niña que creía en los cuentos de hadas. Cuando era una niña que creía en el amor.
“¿Son verdaderas esas historias tan mágicas que usted cuenta?”-había preguntado ella con su voz de niña.
“Son viejos cuentos-dijo él, esbozando una triste sonrisa que dejaba ver sus dientes rotos-historias en las que las princesas se enamoran de los de buen corazón y los malos acaban por perder. Son grandes mentiras. Pero esos niños, que viven en la calle, como tú...como tus amigos, para los que cada amanecer es un milagro, necesitan tener esa esperanza. Si les contase historias reales, no confiarían en nada. Y si no confías en nada estás muerto por dentro”
Un grito espabiló a la joven, que estaba llorando de nuevo. Como de la nada, habían aparecido cientos de hombres ataviados con espadas y cotas de malla entre los invitados.
—¡Una traición! —Exclamó la arpista antes que un soldado la tomará del pelo y rasgara su garganta de un corte limpio. La sangre brotó de la herida, tiñendo de carmesí su inmaculado vestido.
Annie no alcanzó a entender nada, sólo corrió, como hacían todos. Lo que hacía segundos era un compromiso soñado se había convertido en una casería. Había gritos, sólo gritos, de una intensidad tal que la atravesaban como un dolores físicos. Gritos y confusión. Gritos y sangre. Alguien la tomó por la muñeca con brusquedad, y después, únicamente, tuvo tiempo para sentir como el acero traspasaba su vientre. Llevó sus manos hacia la herida de donde manaba un liquido espeso y caliente y cayó de rodillas.
Perdió la noción del tiempo por unos segundos.
Cuando la conciencia volvió a ella, lo primero que vio fue a Thomas luchando contra un hombre el doble de grande que él. Sus espadas se encontraban una y otra vez, en una danza mortal. Muy cerca estaba Cicily, llorando de miedo por su amado. Él estaba tratando de protegerla, estaba tratando de alejar a su oponente lo más posible de ella. Podía ver la desesperación y la frustración en sus ojos. Pudo leer en sus pensamientos que moriría si no lograba mantener a su princesa a salvo.
El gritó de Thomas la sobresaltó, su mano estaba apretando fuertemente el lado izquierdo de su abdomen donde la espada del traidor lo había alcanzado, tratando de controlar el flujo de sangre. Sabía que el estaba llegando al extremo y que no aguantaría mucho más. La derrota, el dolor y la frustración eran evidentes en su semblante, pero las lágrimas que escurrían de su rostro fueron las que desgarraron su corazón. Estaba llorando porque sabía que no podía salvarla, sabía que perdería a Cicily.
En ese momento lo supo. Si Thomas perdía a Cicily, sería infeliz por el resto de su vida. Si él no era feliz, ella tampoco. Tenía que salvar su felicidad, costase lo que costase. Tenía que salvar su sonrisa.
Parecía que los fieles al duque de Lancaster habían logrado manejar la situación. La mayoría de los traidores yacían muertos en el suelo o aprisionados. La mayoría, menos quien luchaba contra Thomas, que lanzó una estocada final, esbozando una sonrisa sangrienta, pero no pudo ni imaginar lo que sucedería a continuación.
Las heridas de Annete ardieron como nunca cuando se puso en pie. No supo de donde saco la energía para correr y colocarse frente a él, no supo como hizo para detener a ese traidor… sólo supo que lo hizo por él. De pronto, el tiempo se detuvo para ella, cuando una espada atravesó su abdomen. Había recibido la estocada final que estaba destinada a Thomas. Tosió un poco de sangre, pero cayó sobre los brazos de su príncipe de cabellos dorados. Que la miraba conmocionado, con sus hermosos ojos azules llenos de lastima.
El la notó, por un instante, supo que ella existía.
—¡Qué alguien la ayude! ¡Me ha salvado la vida! ¡Qué alguien la ayude! — Escuchó a Thomas gritando. Sabía que era él, a pesar de que ya no distinguía muy bien las voces. Sabía que era él, porque era la última voz que quería escuchar antes de morir.
No le importaba morir, porque sabía que él sería feliz al lado de Cicily. Sabía que les había dado a ambos una nueva oportunidad, sabía que lo había hecho por amor y aunque Thomas nunca la hubiera querido, ella siempre lo amaría… aunque no estuviese nunca junto a él.
—Thomas —Murmuró débilmente. Y tras su último suspiro, lo único que vio fue dorado y azul, el azul maravilloso de los ojos de su príncipe.
—¡Thomas! ¡Thomas! —Gritaba la pequeña niña entre los brazos de su madre, que lloró de alegría cuando ella despertó—¡Mamá! ¿qué me pasó?...
Sintió un pequeño dolor en su pierna, allí donde se había raspado al caer sobre el pavimento. Recorrió con la vista el lugar. Muy cerca de ellos estaba un auto destrozado color bordo, cuyo parabrisas había estallado por un fuerte impacto. Al lado del infortunado móvil sobresalía una ambulancia. ¿Una ambulancia?. Si ella apenas tenía un raspón.
Una realidad comenzó a tomar forma en su mente.
—¡Thomas, mamá! ¿dónde está?...él... —Su madre la miró con tristeza y lo comprendió todo. Con agilidad se escapó de la protección que le brindaba aquel abrazo, y corrió como en el sueño, con esa fuerza que sólo da el amor. Se inmiscuyó entre los enfermeros de bata blanca con ligereza y lo vio tendido en el suelo, en esa horrible camilla. Nunca había temblado tanto como en ese momento. Nunca había llorado tanto por alguien. Estaba muy lastimado, mucho, pero no dejaba de sonreír. De sonreírle. A ella. Por ella. Se arrodillo junto a Thomas, y por más de que los enfermeros intentaron evitarlo, acarició su mejilla para luego abrazarlo con suavidad. Como si no quisiera dejar más marcas, como si no quisiera dejar marchar su breve historia.
Lo miró a los ojos, una vez más. Y sus ojos le mostraron un mundo nuevo, que no conocía y que nunca pensó que pudiera existir. El mundo de Thomas se llamaba SOLEDAD. A través de él le llegaron sentimientos que le encogieron el corazón. ¿Un niño podía sentirse así? ¡Un niño nunca debería sentirse así!. Su dolor, el dolor de Thomas, era uno que muchos, por fortuna, ni en su vejez conocerían.
¿Cómo pude ser tan despreciable?. Se preguntó Annie, a sus doce años, mientras lo seguía abrazando sin querer soltarlo.
Thomas siempre fue mejor que ella. Thomas tenía un corazón que rebosaba de amor esperando ser entregado. Un corazón que nunca había perdido la esperanza de ser feliz, de encontrar alguien que lo entendiera, o que al menos, aceptara un poco de su afecto.
Él nunca supo que le dolió más: si el no poder dar o el no recibir.
¿Pero es qué nadie se dio cuenta de que estaba ahí?—Se preguntó Annie una vez más. ¿No era evidente que lo único que Thomas pedía era una sonrisa para entregar todo lo que él era?
Él seguía sonriendo mientras ella lloraba. Lloraba porque se sentía despreciable. Lloraba porque lo había lastimado. Lloraba de impotencia porque estaba segura que ya no podría remendar el daño. Lloraba y las lagrimas de ella, mezcladas con la suave lluvia que los empapaba, caían sobre el rostro de Thomas.
Y a pesar de todo, él le seguía sonriendo. Él tenía doce años y era un héroe, tan pequeño y ya era un héroe en la vida. Conocía más dolor y soledad que muchos de los que lo despreciaban. Un héroe sin culpa. Una víctima que se negaba a serlo. El niño que la había salvado. Simplemente Thomas. Sólo un niño, sólo azul, sólo amor.
—No llores por mí Annie, y sonríe, siempre sonríe, es la forma más hábil de ocultar el dolor—Dijo él con su voz quebrada pero feliz. Feliz porque había encontrado por fin a alguien que le dedicara un gesto de cariño. Luego, sólo cerró los ojos y se fue en paz.
Annie nunca olvido sus ojos azules y su sonrisa radiante. Annie nunca olvido sus últimas palabras. Annie siempre vivió con su dolor. Annie nunca dejo de sonreír.
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