sábado, 12 de noviembre de 2011

Psicodelia

A convertirme en zorra me enseñó el Principito. Poco a poco, el pequeño cristal se derretía y se convertía en cascabel. Más tarde tuve que buscarme autovías, puentes donde oír el mar o cualquier otra excusa para olvidar que si te domestican se puede llorar un poco. Alguien me enseñó que es peligroso quedarse en lugares donde nadie te invitó, aunque ese lugar sea la locura. Yo sé que a veces, a pesar de todo, se me olvidan esos propósitos de orden y cabalgo en su lomo hasta el borde del acantilado. Y siento miedo, miedo a que un piano tan grande impulse a la deriva este cuerpo torpe de marioneta, como un naufrago sin isla y todo un mundo por delante. He tenido la nada entre los dedos, fumé un par de hojas de flor de tiempo y ahora tengo achaques de razón. ¿En qué porción del silencio se cobija mi nota? Dios, algunos libros me han enseñado tanto que imagino mi vida escrita de forma difusa sobre frágiles hojas de papel. Las leo y observo tantos borrones que se me hace difícil parar el despertador de un golpe. Pero es curioso, aún tengo fuerzas para arrojar las sábanas sin sentirme torpemente aturdida. Quién sabe, como tú me enseñaste un día, ¿quién sino tú me lo iba a mostrar?, a veces, una tristeza enorme se derrite con una tristeza pequeña o con una simple felicidad diminuta.

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