lunes, 24 de septiembre de 2012

Sin tocar fondo

Elisse siempre reía. Elisse siempre olvidaba. Le resultaba tan fácil cerrar los ojos, dejarse llevar, evadir el pasado, retener las lágrimas. A Elisse le habían roto tantas veces el corazón que ya era imposible volver a encajar todas las piezas restantes. Pero no importaba, no importaba que su pecho estuviera lleno de recuerdos asfixiantes, de rencores sordos, de “perdones” dichos a medía voz, de un dolor recluido en un chaleco de fuerza y encadenado en la parte más oscura, al fondo, donde nadie podría encontrarlo. Elisse tenía un sabor constante a desilusión en los labios y el miedo de perder la nada entre sus manos. Elisse no tenía ningún motivo para seguir, sólo seguía para encontrar motivos.
Elisse se miraba al espejo diez veces al día pero nunca veía nada que le gustará. No sabía que la asustaba más, si sus ojos, oscuros, tristes, encendidos de nostalgia, de esperanzas rotas. O si era su sonrisa lo que más miedo le daba, vacilante, aparente, vacía. Y nadie se daba cuenta.
Elisse siempre luchaba. Elisse siempre perdía. Tenía las manos llenas de expectativas frustradas, de ideales inútiles, de su propio fracaso…
Elisse estaba cansada de mirar al fracaso a los ojos y de que este le devolviera la mirada con una sonrisa sardónica dibujada en su cruel semblante.
Elisse siempre soñaba al comienzo. Elisse siempre huía al final. Elisse caminaba con la sombra del miedo devorando su propia sombra, eclipsando su frágil luz. Elisse tenía demasiadas cosas para decir y nadie que la escuchará realmente. Elisse, sólo Elisse.
Incomprendida, apartada, lastimada.
Tenía el corazón-ese, el mismo que había sido escarnecido miles de veces- lleno de cicatrices invisibles, de heridas abiertas que nunca cerrarían, de costuras a punto de estallar.
Pero Elisse fingía. Ella era fuerte, tenía que serlo, porque era lo único que le quedaba. Porque era lo que todos esperaban. Entonces levantaba muros, defensas de metros de altura, cavaba fosas alrededor de sus sentimientos y los encarcelaba en lo más profundo de las celdas más oscuras.
Elisse era experta en el arte del engaño. Maquillaba sus peores miserias con la risa y disfrazaba su dolor con las ropas coloridas del “no importa”. La vida de Elisse siempre sería un circo.
Y por más de que un su interior una avalancha estuviera derrumbado lo poco de sí misma que le quedaba, Elisse alzaba la cabeza y secaba las lágrimas antes que alguien tuviera la oportunidad de verla corriendo por sus mejillas.
El único consuelo que le quedaba a Elisse era el tiempo aunque el tiempo fuera a la vez su peor enemigo.
“Sigue adelante con la frente alta, Elisse, no importa si cada vez que intentas avanzar terminas retorciendo, algún día vas a llegar a algún lado, aunque ese lugar sea la muerte”
Se lo dice, se lo repite, se lo cree y se inventa la fuerza allí donde ya no la hay. Elisse siempre ha sido una luchadora de las causas perdida y, por eso, sigue luchando por ella misma, aunque eso siempre la termina lanzando al más profundo de los abismos.
Sí, Elisse, para eso naciste, estas destinada a caer sin nunca tocar el suelo. Ese es tu destino, esa es tu suerte.
Pero Elisse no se resigna.

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