Ella es una chica normal.
Sonríe, camina y, a veces, hasta se la oye cantar. Tiene en sus ojos, una
melancolía que nadie sabe explicar. Camina rápido, sin parar. Todos dicen que
tiene prisa, pero nadie sabe a donde va. Ella llega a su casa, y allí, se
siente fatal. Luego de un largo día, sólo quiere descansar. Su paseo solo es un
castigo: no puede dejar de pensar en todo lo que ha comido. Ahora, su ropa no
le va a entrar. Empieza su ceremonia, la niña empieza a contar: cierra la boca
con calma, siente ganas de llorar. Su cuerpo es su complejo, ella quiere
adelgazar. Todos dicen “¡que bella es!”, pero ella no lo puede ver, sólo sabe
agradecer. Su comida es su enemiga, nadie lo debe saber. Ella se siente vacía,
pobre princesita de cristal. Otro día ha terminado, se va a la cama sin cenar.
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