lunes, 4 de febrero de 2013

Rayo de luz


Rayo de luz

"Las memorias de una bastarda"



El amanecer estallaba con todos sus colores sobre Desembarco del Rey mientras ellas avanzaban por las Calles de la Harina. La pequeña Rukia no podía dejar de observar, fascinada, como el cielo se teñía de tonos rosados y púrpuras. Las nubes parecían hechas de dulce caramelo y se recortaban contra un firmamento que se le antojaba suave como la seda. Se quedó pasmada durante unos segundos frente a la belleza de aquel crepúsculo matutino, el primero que veía, pero su madre la devolvió a la realidad cuando le dio un jalón para que siguiese caminando. En aquellas épocas todavía era una niñita que se impresionaba fácilmente.

Aquella mañana Rukia se había despertado con ganas de vivir, no sabía ni como ni porque pero se sentía llena de un optimismo brillante. No podía dejar de sonreír mientras caminaba sujetando la mano de su madre, hasta tarareaba una cancioncilla en voz baja.


—Madre, quiero que me compres uno de esos pastelillos de fresa cuando pasemos junto al panadero.

Aehryn la miró sin borrar ese rictus de enojo permanente que siempre tenía adornándole el rostro. Ya le había repetido hasta el cansancio que eso no era posible porque el dinero que llevaban para hacer las compras no les pertenecía pero aún así la pequeña Rukia no se daba por vencida y seguía insistiendo. A veces hasta escucharla hablar se le hacía doloroso, era tan parecida a su padre que le provocaba nauseas. Rukia, aún siendo una niña, era dueña de un carácter impetuoso e impulsivo que la hacía luchar ferozmente para conseguir todo aquello que se proponía.

Ya hemos hablado de eso —Le contestó—El dinero que nos dio Aleesia es para que compremos miel, azúcar y un vestido para mí porque el que usaba se ha roto.

Madre —Inquirió la pequeña nuevamente—Kristeena me dijo ayer que él que te rompió el vestido fue aquel viejo asqueroso, él que llevaba una capa dorada y también me contó que fue él quien te dejo el ojo amoratado.

Aehryn abrió y cerró la boca un par de veces sin saber que responderle a su hija. Rukia tenía siete años y aún así era tan observadora que muchas veces la sorprendía con sus preguntas y sus conclusiones. Era curiosa y casi nada le pasaba inadvertido, eso la aterrorizaba.

—Cuando sea grande me uniré a la guardia real y no dejare que nadie te haga daño —Dijo seriamente, adoptando un porte que pretendía ser digno y orgulloso. Aehryn soltó una larga carcajada al escuchar a su hija y Rukia no pudo dejar de pensar que a su madre se le iluminaba el rostro cuando reía.
La pequeña observó en detalle a su progenitora, era alta y hermosa. Tenía un rostro bellísimo de pómulos altos y nariz respingada. La cabellera castaña y ondulada le caía como una cascada sobre la espalda y sus ojos marrones tenían motitas doradas cuando el sol se reflejaba en ellos. No se parecía en nada a Aehryn, ella era tan bajita y delgada que muchos decían que tenía un aspecto enfermizo y sus ojos era de un azul tan oscuro que casi parecían violetas. Su cabello era negro y no era sedoso, si que más bien guardaba cierto parecido con el heno de usaban para alimentar a los caballos. Y no era en absoluto bella.

¿Quién te ha metido esas ideas en la cabeza, Rukia? Las mujeres no pueden formar parte de la Guardia Real.

Loran me dijo que podría porque siempre me confunden con un chico, yo no sé porque.

Es porque te empeñas en vestirte como un chico.

Es que odio esos vestidos estúpidos que Aleesia, Kathryna, Kristeena y Wanda quieren ponerme. Son muy incómodos y no me dejan treparme a los árboles con ellos. Ellas la mayor parte del tiempo van vestidas sin nada y dejan que esos hombres…

Rukia, ya te he dicho que no tienes que bajar a la sala por las noches, no tienes la edad como para…

¡Pero Loran ya me lo explicó todo! Me dijo que La Casa de los Susurros es un burdel de lujo y que allí van los hombres cuando quieren…


¡No importa que es lo que sabes y que es lo que no sabes! ¡Yo no quiero que tú te mezcles con la clase de personas que van allí por las noches, puede ser muy peligroso!

Rukia odiaba que su madre la reprendiera pero también odiaba hacer que se preocupara por ella. A su corta edad ya sabía que lo único que no soportaba era que su madre se sintiera triste. No quería ser el motivo a por el cual Aehryn derramará aún más lágrimas por las noches. Porque sí, Rukia siempre la escuchaba sollozar hasta quedarse dormida.
Cada vez que recordaba eso sentía un profundo dolor en el pecho y se sentía muy culpable. Pero aún así se forzó por sonreír cuando vio al panadero y se lo señalo a su madre.

Quiero un pastelillo de fresa, sólo uno, por favor mamá —Repitió poniendo su mejor cara de suplica. Aehryn la miró sintiéndose derrotada mientras la invadía un intenso amor hacía aquella montañita de problemas. Rukia lograba quebrar su voluntad en mil trozos diferentes sólo con un mohín, de la misma manera que lo había logrado su padre siete años atrás.

Está bien, mi dulce duendecillo, pero sólo uno —Le contestó mientras le daba una moneda de cobre.

Su mente viajo al pasado mientras la veía alejarse dando pequeños saltitos de alegría. Recordó el día en que aquel pequeñito rayo de luz había irrumpido en su vida.


El establo estaba lleno de sombras pero fuera rugía la tormenta. Los gemidos de la mujer eran acallados por el ruido ensordecedor de los truenos y por el sonido iracundo del viento marítimo que arrasaba con todo lo que tenía a su paso. Se podía escuchar también el estrépito de las olas al chocar violentamente contra las piedras

—¡Vamos, Aehryn, sólo un esfuerzo más! ¡Tienes que hacerlo rápido pequeña, un poco más fuerte y deja ya de llorar!

La mujer pujó con todas las fuerzas que había podido reunir pero fue inútil. Había entrado en trabajo de parto hacía mucho tiempo y ella tenía la sensación de que el niño se aferraba fuertemente a sus entrañas porque no quería nacer en un mundo como ese. Si era así, Aehryn podía entenderlo muy bien.
El sudor corría libre por su nuca y las contracciones le dolían tanto que sentía que iba desmayarse de un momento a otro. Respiró agitadamente y empezó a pujar otra vez, cada vez más y más fuerte, gritando tanto que sentía que se le iba a desgarrar la garganta.
El dolor era inhumano y ella estaba llegando al límite de sus fuerzas.
La comadrona miró con rostro críptico aquel cuadro, la muchacha estaba ya muy débil y había perdido demasiada sangre, y la determinación que había mostrado al principio poco a poco se iba apagando. Quizás aquel bebé, al final, no viera la luz del día.

—Niña, tienes que dar tú último esfuerzo o tu bebé morirá ahogado, vamos, ¡puja una vez más! —Aehryn al escuchar eso sintió como toda su fuerza se renovaba, no podía perder a su hijo, era lo único que le quedaba, era lo único por lo que había luchado esos últimos nueve meses. Era la única razón que tenía para seguir viviendo, era el único rayo de luz que la había iluminado luego de tanta oscuridad.

En su último esfuerzo puso todo su dolor, todas sus frustaciones, toda la esperanza perdida y sus sueños rotos, en el último esfuerzo puso todo el amor que había sentido por su padre y el gritó liberador fue tal que muchos jurarían haberlo escuchado incluso en el pueblo. El llanto del bebé se escuchó mientras la tormenta amainaba y cuando le pusieron a su hija en brazos, Aehryn lloró de felicidad. Era pequeña, rosada y cabía perfectamente en ellos. Lo suyo con su hija había sido un amor a primera vista. La sensación de calidez que la recorrió cuando ese bulto de pelo negro busco su pecho para alimentarse fue indescriptible. Nada podría nunca comparársele.

—Se llamará Rukia —Le contó a la mujer mientras ella se lavaba las manos con agua fría—Ese nombre significa “rayo de luz”…

—Niña —Le dijo la comadrona con voz afectada—debes irte ya de Bastión de Tormentas, no hay tiempo. Ella me ha pedido que aproveche tu debilidad y que te mate a ti y a tu pequeña…debes irte.


La mano de su hija la devolvió al presente. La pequeña saboreaba su tan anhelado pastelillo con el pícaro rostro resplandeciente de felicidad. En ese momento, al verla así, Aehryn pensó que todos sus sacrificios habían merecido la pena pero levantar la mirada, la mujer quedó desencajada. Dos hombres a los que conocía muy bien se acercaban a ellas con paso rápido.

Rukia no entendió porque su madre la jalo con brusquedad y comenzó a arrastrarla por una larga e intrínseca serie de callejones. Le estaba dejando la muñeca en carne viva y hacía caso omiso de sus exclamaciones de dolor. No tardo mucho en comprender que las estaban siguiendo. Aehryn soltaba maldiciones a cada segundo y en un momento dado empezó a correr, obligándola a seguir su paso.
Corrieron y corrieron durante un largo tiempo pero parecía que aquellos callejones no terminarían nunca más. Esos hombres les mantenían el paso pero no lograban alcanzarlas. Tal vez se debiera a esas estúpidas corazas de hierro que llevaban puestas.
Pero de un momento a otro se quedaron atrapadas por una pared y no podían volver sobre sus pasos. Su madre se agacho a su lado y le dio un suave beso en la frente para luego abrazarla en un leve gesto de despedida.

Escúchame Rukia, quiero que trepes este muro como tú sabes hacerlo y que corras y que no mires atrás, ¿puedes prometérmelo?

Los hombres ya habían doblado en aquel callejón y estaban a tan solo unos metros de ellas, sonriendo victoriosamente.

— ¡Vete! —Le gritó al verlos y por primera vez en su vida, Rukia le hizo caso sin rechistar. Pero mientras se alejaba no fue capaz de cumplir una de sus promesas, miró hacía atrás justo en el instante en que su madre estaba siendo atravesada por una espada. La sangre brotó como una cascada de su cuello tiñéndole su bonito vestido color crema de un rojo carmesí. El color de su despedida.

Luego de eso ella sólo corrió. Corrió lejos, a cualquier lugar, bajo la luz del día, con todos viendo pero siendo invisible. Deseando alejarse lo más posible de aquel lugar en el que la había visto morir. Corrió, como si cada paso le quitara un poco la vida, porque si miraba hacía atrás no habría retorno. Porque si dudaba un instante estaría perdida. No había nada después de eso. Ni una esperanza ni un mañana. Ni siquiera la promesa de un tal vez. Ante ella sólo se extendía un camino de oscuridad y desconsuelo. La soledad.

No supo ni como ni cuando había llegado hasta un recoveco que se formaba entre dos tejados. Esa mañana, Rukia se había despertado con ganas de vivir pero esa noche al acostarse, se sintió muerta por dentro.

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