lunes, 4 de febrero de 2013

La última sonrisa


La última sonrisa


“...Y así, de la forma más simple conoces a la persona con la sonrisa más profunda del universo...”

—Tú...tú de verdad me gustas —Dijo, mientras su rostro se teñía de un adorable color carmín.

Annie lo miró con una sonrisa burlona dibujada en sus labios pálidos. La lluvia le mojaba el cabello, las mejillas, el vestido color celeste cielo...logrando que un efecto casi nostálgico la envolviera. El desprecio brillaba con intensidad en sus ojos, pero el torpe niño, en su emoción, no lo advirtió. Thomas sólo observaba embelesado como el columpio en el que ella estaba sentada se movía un poco, sin poder evitar preguntarse si era porque Annie estaba empujándose con esa sutileza con la que hacia todo, o porque el viento se agitaba como por arte de magia a su alrededor. Ella era tan ligera, tan delgada. Siempre tan pálida, tan dulce, tan efímera..tan perfecta. A él le gustaban sus manos suaves, delicadas, de niña, y su cabello largo, del color del ébano. Le gustaba todo de ella.

A ella no le gustaba nada de él. Ni su cabello de un rubio opaco ni esos ojos inocentes y cristalinos que decían tantas cosas.

—¿Estás bromeando, cierto? —Contestó la pequeña. Thomas tenía las pestañas largas y doradas, tan llenas de gotas de lluvia que parecían lágrimas pero sonrió, aunque llevará pedazos rotos de cristal en el pecho, sonrió.

—Entiendo —Él siempre lo entendía todo. Annie se preguntó como pudo permanecer tan impasible y sonriente ante su ofensa. Ese niño siempre fue muy extraño. No sabía demasiado sobre su vida, sólo que no tenía a nadie en el mundo, y, que, de vez en cuando, le hacia algunos recados a sus vecinos por unas cuantas monedas.
No le interesaba saber nada sobre Thomas. Sus manos sucias y callosas le daban repugnancia.
Aún así, casi inconscientemente, se preguntó...”¿Qué esconderá detrás de esa sonrisa?”

Si ella, por un segundo, hubiera decidido dejar de lado sus tontos prejuicios, habría notado que Thomas era un simple niño… un niño solitario… un niño solo y olvidado por todos, un niño que conocía el amor, su significado y valor, pero que no recordaba que a él lo hubiera rozado nunca.

Pero tal acto de empatía no estaba dentro de las posibilidades de Annie. Siempre tan caprichosa, siempre tan indiferente, siempre tan egoísta. Thomas la justificaba, diciéndose que era normal que actuara así. Una niña como ella, a la que la vida le había entregado todo, poco podía saber de hambre y frío. De dolor. ¿Qué significaría para Annie una sonrisa sincera, un abrazo, una caricia...el amor?, ¿cuántas muestras de cariño recibía al día sin ni siquiera pensarlo?

¿Cuántas recibía él?. Ninguna. Nada. De nadie. Un dolor casi inhumano lo recorrió de pies a cabeza, obligándolo a sonreír.

Annie comenzaba a enojarse por la actitud que el niño estaba tomando, ¿acaso se burlaba de ella?. Se levanto del columpio con esa gracia que la caracterizaba y miró a Thomas directo a los ojos, dos pozos azules que hablaban de soledad, de lágrimas que ya no se podían derramar. Que hablaban de desesperación, de angustia, de dolor y oscuridad. De un vacío inmenso del que nadie parecía querer ayudarlo a salir.

Los ojos puros de Thomas decían muchas cosas y todas tristes pero Annie no pudo encontrar nada en ellos, era incapaz de comprenderlo...era incapaz de sentirlo. Entonces , de forma presumida, levantó el mentón y le dedicó una última mirada despectiva que hizo que el dolorido corazón de su pequeño enamorado se rompiera aún más-si era posible-. Pasó a su lado, caminando como si él fuera un montón de basura acumulada, o peor, como si Thomas no existiera.

Él sólo miro el suelo, y siguió manteniendo firme su sonrisa. Muy firme, para no quebrarse. Estaba llorando por dentro, pero Thomas era invencible.

Annie se alejaba del huérfano pensando en como se reirían sus amigas cuando supieran lo que había ocurrido. A ella, ni en mil años, le gustaría un andrajoso como ese. Ignorante y sucio...tonto e ilógico. Mientras que cruzaba la calle, enumeraba mentalmente todas y cada una de las cosas malas que tenía Thomas, tan distraída iba en su propio egocentrismo que no oyó la bocina que le alertaba un peligro inminente. Sólo tuvo tiempo de mirar al frente para ver un destello dorado y azul.

—¡Niña! ¡Niña! —Escuchó una voz potente que le llamaba. Poco a poco, con esfuerzo, abrió los ojos. Sentía todo su cuerpo adolorido, como si el cansancio de un siglo de trabajo se hubiera almacenado en ella en un segundo—¡Holgazana! ¡Despierta!

Intentó reconocer quien era la persona que estaba perturbando su sueño. Ese rostro agrio no podía ser que otro más que el de Rose, la resentida jefa de cocineros del castillo. Ella reposaba su cabeza encima de la gran mesa de madera donde algunos minutos atrás cocinaba el pan para el gran banquete de la noche. Suspiró mientras adoptaba una posición que le permitiera despejarse. Se había dormido en medio de sus quehaceres...otra vez.

—¡Tú, niña necia e insolente! —Comenzó a reprenderla la estricta mujer, una vez segura que Annette había recuperado sus cinco sentidos— ¡Hoy es un día demasiado importante como para que te permitas dormir tan plácidamente!, ¡Me estoy encargando de que todos los criados trabajen con entereza, y no permitiré que tú seas la excepción!, si llego a verte cabeceando una vez más, juro que te arrepentirás.

Annette sólo asintió, y siguió amasando. Sentía que su cuerpo no resistiría otra jornada de trabajo tan larga y dura, sin embargo, sus manos se movían por inercia, toda ella se movía por inercia. Por momentos le parecía que sus piernas dejarían de sostenerla o que sus parpados sucumbirían al peso del sueño. Nada de eso pasaba. Sólo seguía y seguía, aunque no tuviera ninguna motivación, a pesar de que la vista se le nublará o que el estómago le rugiera de hambre.

—¡Annie! —Se alegró un poco cuando al levantar la vista pudo notar la presencia de su mejor amiga. Jane, era hija de un carpintero de ribera, lugar que le daba un poco de prestigio frente a los nobles. La niña de apenas quince años era dueña de una belleza fresca y deslumbrante, y de una personalidad brillante y alegre—¿Has escuchado que hoy, en el gran banquete, anunciaran públicamente el compromiso de la Princesa Cicily Leighton con Thomas?. He oído que hace mucho tiempo que están comprometidos, desde que nacieron, y que esa es la razón por la que la princesa venía como invitada aquí todos los veranos. ¿No es maravilloso?

—Sí, es extraordinario —Dijo intentando parecer alegre pero su voz le traicionó. Agradeció internamente que Jane fuera tan distraída respecto a los sentimientos ajenos, porque prestando un poco de atención, sólo un poco, hubiera escuchado el sonido que hizo del corazón de Annie al romperse. Las lagrimas comenzaron a deslizarse por su rostro con timidez, cual diamantes líquidos.

—¡Oh, estás llorando de felicidad, que dulce eres Annie! —Comentó su amiga. A veces Jane podía ser muy ingenua.

Annete Westler había estado enamorada de Thomas Lancaster desde que tenía memoria. Pero su amor no era más que una ilusión imposible en la cual se había permitido perderse. Porque él era el primogénito de un duque y ella nunca fue más que una plebeya tonta sin ninguna gracia en especial. A pesar de eso, Annie amaba soñar que Thomas, su príncipe de cabellos dorados como el sol, la rescataría algún día de su eterna soledad, aunque supiera que sus sueños estaban tan vacíos como los ojos de él cuando la miraba.

Para Thomas, hijo del duque de Lancaster, Annete Westler nunca sería más que una huérfana flacucha, casi fea, de cabello quebradizo y manos sucias. Para él, que estaba enamorado de de la princesa Cicily, la joven más bella de toda Inglaterra, Annete Westler no era más que un nombre.

Él para esa Annete Westler era el mundo. Esa joven que se permitía perderse en sus sueños, más dolorosos incluso que la realidad misma, porque le dejaban tocar con sus propias manos todo aquello que nunca le pertenecería. Pero prefería consumirse de dolor antes que abandonar lo único que podía tener de él...su ilusión.

—¿Sabes, Jane?...estoy pensando que hoy en día la gente ya no cree en nada— La joven la miró un poco indignada por la interrupción tan abrupta que sufrió su monólogo sobre las andanzas indecentes de la costurera de la reina con un soldado del ejercito del rey. Annie seguía llorando, pero su voz parecía firme.

—Eso es mentira—Dijo cada vez más extrañada por la actitud que había tomado su amiga— Si las personas no creyeran en nada, entonces no estarían vivas. Todos tenemos una razón para caminar hacia adelante.

—Te equivocas. Puede que lo que tengamos sea una razón para no quedarnos quietos.

—No veo la diferencia.

—Yo sí. En uno hay esperanza, en lo otro, no hay un lugar al que pertenezcas —Jane sólo la miró como si no entendiera nada, como si no le interesará en lo más mínimo esa conversación y Annie se sintió más sola que nadie en el mundo. Entonces su amiga retomó el relato sobre las acciones indecentes de dos miembros de la corte real, y ella, sólo siguió amasando para el banquete de compromiso de aquel a quien ella amaba.

El banquete comenzó cuando el atardecer cayó sobre el castillo. El cielo se había teñido de matices color sangre y oro. Los últimos rayos de sol, de un naranja mortecino, se vislumbraban tras las grandes montañas que rodeaban el lugar.

En el interior de la gran fortaleza, los nobles invitados conversaban sobre política o bailaban complicadas coreografías en el centro del salón, que estaba bellamente decorado. Ostentoso, más bien, pensó Annie. Los pisos brillaban tanto que parecían espejos y daba la impresión de que las estatuas y las escaleras de mármol habían sido blanqueadas con demasiado esmero.

Los arreglos de rosas doradas podían verse hasta donde alcanzaba la vista y los opulentos candelabros de cristal parecían estrellas de fuego gracias a los cientos de velas encendidas sobre ellos.

Annie sentía una inmensa repugnancia ante tal despliegue de frivolidad. Pensaba que si Cicily Leighton se dignara a mirar más allá del esplendor del castillo, se daría cuenta de que mientras ella disfrutaba de lujosos vestidos y almohadones de plumas, su pueblo sufría de hambre y abandono. La huérfana se preguntaba si todas las princesas serían como ella.

La arpista, ataviada con un elegante vestido blanco, tocaba con tanta pasión el instrumento que la música parecía brotar directamente desde su interior. La melodía era suave y romántica. Tan dulce a los oídos como la miel para los labios. Todo parecía estar envuelto en un halo de ensueño. Era como si los anhelos de Annie se hubieran cumplido para otra persona. Y tal vez, sus malas impresiones sobre Cicily sólo se debieran a la envidia que la carcomía por dentro como un veneno.

Ella miraba, desde el lugar que le había asignado Rose, como Cicily y Thomas giraban en el centro de la pista de baile, uno en los brazos del otro. Eran la pareja perfecta, ambos perfectamente hermosos y nobles. Todos los que los veían mirarse, podían afirmar sin dificultad que estaban completamente enamorados. La felicidad los envolvía como un aura.

A su lado, alguien como Annie debía resultar el ser más triste del mundo. Las huellas de las lágrimas que había derramado a lo largo del día estaban grabadas como un rastro salado en su rostro.

En ese momento, no podía más que recordar las sabias palabras que un viejo titiritero le había dicho un tiempo atrás. Cuando ella era todavía una niña que creía en los cuentos de hadas. Cuando era una niña que creía en el amor.

“¿Son verdaderas esas historias tan mágicas que usted cuenta?”-había preguntado ella con su voz de niña.

“Son viejos cuentos-dijo él, esbozando una triste sonrisa que dejaba ver sus dientes rotos-historias en las que las princesas se enamoran de los de buen corazón y los malos acaban por perder. Son grandes mentiras. Pero esos niños, que viven en la calle, como tú...como tus amigos, para los que cada amanecer es un milagro, necesitan tener esa esperanza. Si les contase historias reales, no confiarían en nada. Y si no confías en nada estás muerto por dentro”

Un grito espabiló a la joven, que estaba llorando de nuevo. Como de la nada, habían aparecido cientos de hombres ataviados con espadas y cotas de malla entre los invitados.

—¡Una traición! —Exclamó la arpista antes que un soldado la tomará del pelo y rasgara su garganta de un corte limpio. La sangre brotó de la herida, tiñendo de carmesí su inmaculado vestido.

Annie no alcanzó a entender nada, sólo corrió, como hacían todos. Lo que hacía segundos era un compromiso soñado se había convertido en una casería. Había gritos, sólo gritos, de una intensidad tal que la atravesaban como un dolores físicos. Gritos y confusión. Gritos y sangre. Alguien la tomó por la muñeca con brusquedad, y después, únicamente, tuvo tiempo para sentir como el acero traspasaba su vientre. Llevó sus manos hacia la herida de donde manaba un liquido espeso y caliente y cayó de rodillas.

Perdió la noción del tiempo por unos segundos.
Cuando la conciencia volvió a ella, lo primero que vio fue a Thomas luchando contra un hombre el doble de grande que él. Sus espadas se encontraban una y otra vez, en una danza mortal. Muy cerca estaba Cicily, llorando de miedo por su amado. Él estaba tratando de protegerla, estaba tratando de alejar a su oponente lo más posible de ella. Podía ver la desesperación y la frustración en sus ojos. Pudo leer en sus pensamientos que moriría si no lograba mantener a su princesa a salvo.

El gritó de Thomas la sobresaltó, su mano estaba apretando fuertemente el lado izquierdo de su abdomen donde la espada del traidor lo había alcanzado, tratando de controlar el flujo de sangre. Sabía que el estaba llegando al extremo y que no aguantaría mucho más. La derrota, el dolor y la frustración eran evidentes en su semblante, pero las lágrimas que escurrían de su rostro fueron las que desgarraron su corazón. Estaba llorando porque sabía que no podía salvarla, sabía que perdería a Cicily.

En ese momento lo supo. Si Thomas perdía a Cicily, sería infeliz por el resto de su vida. Si él no era feliz, ella tampoco. Tenía que salvar su felicidad, costase lo que costase. Tenía que salvar su sonrisa.

Parecía que los fieles al duque de Lancaster habían logrado manejar la situación. La mayoría de los traidores yacían muertos en el suelo o aprisionados. La mayoría, menos quien luchaba contra Thomas, que lanzó una estocada final, esbozando una sonrisa sangrienta, pero no pudo ni imaginar lo que sucedería a continuación.

Las heridas de Annete ardieron como nunca cuando se puso en pie. No supo de donde saco la energía para correr y colocarse frente a él, no supo como hizo para detener a ese traidor… sólo supo que lo hizo por él. De pronto, el tiempo se detuvo para ella, cuando una espada atravesó su abdomen. Había recibido la estocada final que estaba destinada a Thomas. Tosió un poco de sangre, pero cayó sobre los brazos de su príncipe de cabellos dorados. Que la miraba conmocionado, con sus hermosos ojos azules llenos de lastima.

El la notó, por un instante, supo que ella existía.

—¡Qué alguien la ayude! ¡Me ha salvado la vida! ¡Qué alguien la ayude! — Escuchó a Thomas gritando. Sabía que era él, a pesar de que ya no distinguía muy bien las voces. Sabía que era él, porque era la última voz que quería escuchar antes de morir.

No le importaba morir, porque sabía que él sería feliz al lado de Cicily. Sabía que les había dado a ambos una nueva oportunidad, sabía que lo había hecho por amor y aunque Thomas nunca la hubiera querido, ella siempre lo amaría… aunque no estuviese nunca junto a él.

—Thomas —Murmuró débilmente. Y tras su último suspiro, lo único que vio fue dorado y azul, el azul maravilloso de los ojos de su príncipe.


—¡Thomas! ¡Thomas! —Gritaba la pequeña niña entre los brazos de su madre, que lloró de alegría cuando ella despertó—¡Mamá! ¿qué me pasó?...

Sintió un pequeño dolor en su pierna, allí donde se había raspado al caer sobre el pavimento. Recorrió con la vista el lugar. Muy cerca de ellos estaba un auto destrozado color bordo, cuyo parabrisas había estallado por un fuerte impacto. Al lado del infortunado móvil sobresalía una ambulancia. ¿Una ambulancia?. Si ella apenas tenía un raspón.
Una realidad comenzó a tomar forma en su mente.

—¡Thomas, mamá! ¿dónde está?...él... —Su madre la miró con tristeza y lo comprendió todo. Con agilidad se escapó de la protección que le brindaba aquel abrazo, y corrió como en el sueño, con esa fuerza que sólo da el amor. Se inmiscuyó entre los enfermeros de bata blanca con ligereza y lo vio tendido en el suelo, en esa horrible camilla. Nunca había temblado tanto como en ese momento. Nunca había llorado tanto por alguien. Estaba muy lastimado, mucho, pero no dejaba de sonreír. De sonreírle. A ella. Por ella. Se arrodillo junto a Thomas, y por más de que los enfermeros intentaron evitarlo, acarició su mejilla para luego abrazarlo con suavidad. Como si no quisiera dejar más marcas, como si no quisiera dejar marchar su breve historia.

Lo miró a los ojos, una vez más. Y sus ojos le mostraron un mundo nuevo, que no conocía y que nunca pensó que pudiera existir. El mundo de Thomas se llamaba SOLEDAD. A través de él le llegaron sentimientos que le encogieron el corazón. ¿Un niño podía sentirse así? ¡Un niño nunca debería sentirse así!. Su dolor, el dolor de Thomas, era uno que muchos, por fortuna, ni en su vejez conocerían.

¿Cómo pude ser tan despreciable?. Se preguntó Annie, a sus doce años, mientras lo seguía abrazando sin querer soltarlo.

Thomas siempre fue mejor que ella. Thomas tenía un corazón que rebosaba de amor esperando ser entregado. Un corazón que nunca había perdido la esperanza de ser feliz, de encontrar alguien que lo entendiera, o que al menos, aceptara un poco de su afecto.

Él nunca supo que le dolió más: si el no poder dar o el no recibir.

¿Pero es qué nadie se dio cuenta de que estaba ahí?—Se preguntó Annie una vez más. ¿No era evidente que lo único que Thomas pedía era una sonrisa para entregar todo lo que él era?

Él seguía sonriendo mientras ella lloraba. Lloraba porque se sentía despreciable. Lloraba porque lo había lastimado. Lloraba de impotencia porque estaba segura que ya no podría remendar el daño. Lloraba y las lagrimas de ella, mezcladas con la suave lluvia que los empapaba, caían sobre el rostro de Thomas.

Y a pesar de todo, él le seguía sonriendo. Él tenía doce años y era un héroe, tan pequeño y ya era un héroe en la vida. Conocía más dolor y soledad que muchos de los que lo despreciaban. Un héroe sin culpa. Una víctima que se negaba a serlo. El niño que la había salvado. Simplemente Thomas. Sólo un niño, sólo azul, sólo amor.

—No llores por mí Annie, y sonríe, siempre sonríe, es la forma más hábil de ocultar el dolor—Dijo él con su voz quebrada pero feliz. Feliz porque había encontrado por fin a alguien que le dedicara un gesto de cariño. Luego, sólo cerró los ojos y se fue en paz.

Annie nunca olvido sus ojos azules y su sonrisa radiante. Annie nunca olvido sus últimas palabras. Annie siempre vivió con su dolor. Annie nunca dejo de sonreír.

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