lunes, 4 de febrero de 2013

Carta a una amistad oxidada


Éramos amigas...
Y a veces recordar que es pasado...duele. Sí, aunque me cueste admitirlo, aunque nunca vayas a saberlo. Duele a pesar de que halla sido yo quien decidió alejarse, y duele mucho más cuando me acuerdo de que no te necesito nuevamente en mi vida, que estoy más resuelta que nunca a dejarte ir. Porque en realidad entendí que nuestra amistad no nos llevaba a ningún lado, que se sostenía de memorias y de risas que nunca más volverían a escucharse. Porque esos tiempos que eran mejores, cuando solíamos pasar noches enteras riendo de nada y charlando de todo, no regresarán nunca más. A veces también se me da por pensar el como nos cuesta asumir la palabra “nunca” cuando todo esta perdido. La impotencia que se siente al concluir con un “nunca más” una amistad como la que tuvimos. ¿No lo entiendes, cierto?.
Estoy quebrada, estoy rota, estoy cansada. Abatida porque fui hasta el límite por nuestra amistad y no me sirvió de nada. Deje de ser yo para salvarnos. Deje de ser yo para salvarte. Creí de verdad que algo tan simple como lo que nos distancio no podría derrotarme. Pero nos derroto y estoy exhausta. Y no tengo más fuerza.
Cuando estoy como ahora, sola, en medio de la noche y no me queda más remedio que ser sincera conmigo misma, me doy cuenta de lo mucho que me haces falta. Siempre trato de ignorar ese vacio que siento, y que intento tan fervorosamente de llenar con otras personas, con otras vivencias, pero no puedo.
¿Te acordas de cuando estábamos horas y horas imaginando como podíamos cambiar el mundo?
Cuanto cambiaste desde entonces. Cuanto cambie yo. ¿Cuánta distancia nos separa ahora de aquellas niñas de trece años que se perdían en su mundo de cosas tan simples, como un libro o una canción?
Ya no sé si te hecho de menos a vos, o a la que fuiste alguna vez, o si hecho de menos a quien era yo cuando vos estabas al lado mío. No, no te equivoques, no pienso que toda la culpa halla sido tuya. Y siempre voy a decir que fuiste vos quien me enseño a ser amiga. ¿Será por eso que me cuesta tanto dejarte ir aunque quiero que te vayas?
Creo que en este momento soy toda una contradicción. No me da vergüenza admitir que al principio te usaba porque estaba sola, porque me convenías. Pero con el tiempo eso cambio, vos lo cambiaste. Antes de vos, yo nunca había valorado a mis amigas. Pero con tus actitudes, que en este momento no sé si eran autenticas o no, me demostraste que existían más personas aparte de mí.
Sé, con todo el dolor del alma, que a pesar de que me soportaste en una de las depresiones más grandes de mi vida y luego de haberme enseñado tanto, te defraudé. Te deje de lado por perseguir un sueño imposible con el cual vos no compatibilizabas. Te cambie por él y por un puñado de amigas nuevas. Yo sé que me viste diferente, yo sé que te impresionaste cuando estaba cambiando todo lo que había sido. Cuando vos sentías que ya no teníamos nada que ver.
Y te deje sola frente a un mundo que siempre fue demasiado pesado para tus hombros. Para tu espíritu frágil. Sé que te di una amiga y te la quite. Tal vez te dolió tanto como a mí en este momento o tal vez no. O tal vez nunca me sentiste tu amiga.
Y después, seguiste tu camino sin mirar atrás. No te reprocho ¿cómo podría?, si te empuje a eso. Me arrepiento, y no recuerdo haberte pedido perdón alguna vez, me gustaría hacerlo con esta carta, si es que alguna vez la lees.
Entonces, cuando era tarde, volví pero ya no te conocía. Cuando creía hacerlo. Me sentí tan culpable, tan tonta.
Nunca quise obligarte a nada, solamente quería recuperar lo que nos había unido. Quería recuperar a mi mejor amiga. Pero todo en la vida vuelve, de forma cruel, vuelve. Y me tocó a mí el turno de la traición. Me mentiste y de verdad me dolió. A pesar de todo nunca había dejado de considerarte mi mejor amiga sobre todo el mundo. Te tenía idealizada como la mejor persona que se me cruzó por el camino.
Quizás, si me hubiera parado a escuchar un poco más, o si hubiese leído entre líneas sin dejarme distraer por ruidos externos, habría logrado comprenderte un poco más pero no pude. No puedo.
Y te juro por lo que quieras que me dolió pero no tanto como para no volver a intentarlo...dos veces más. No pude hacer nada. No pude con eso en lo que te convertiste o en lo que te convirtieron. O en lo que me convertí. Pero te vuelvo a jurar que lo intente, cambiar mis prioridades, cambiar yo, cambiarte...cambiar el mundo para que volviera a ser como antes. Agote todas las posibilidades y exprimí hasta la última alternativa, hasta que ya me dolía con tanto ímpetu que caí. No puedo ni quiero volver a levantarme.
Porque hubo un día en que te vi y no supe como actuar. Ese día en el cual descubrí que había una muralla entre las dos, y que me había golpeado un montón de veces contra ella. Lo que pasaba era que hasta que no la vi en tus ojos, no vi lo real que era, así que en ese momento decidí que ya no podía más, que atravesarla era imposible, que saltarla era imposible, y escalarla también. ¿Cómo hacerlo si ya no quería mantenerme en pie?
Aún así...
A veces, cuando esa debilidad, que tengo amarrada con cadenas en el rincón más oscuro de mi inconsciente, logra liberarse, empiezo a buscarte. En nuestra niñez compartida, en esas cartas tuyas que están escondidas dentro de una caja empolvada bajo el placard, en el arcoíris incoloro de los sueños infinitos que tejimos juntas. Y cuando te encuentro, me hundo en la tristeza de las palabras dichas que vendiste entre la soledad y la conveniencia.
Ese es el mismo momento en el que deseo volver a perderte, en el mismo rincón del recuerdo, ahí donde el olvido condena, donde las lagrimas se pierden entre la verdad y la mentira, donde se confunde la distancia con el tiempo. Ahí donde confundiste mi ausencia con traición, y perdiste esa honestidad que yo admiraba.
No me gusta mirar tus ojos vacios, donde ya no quedan rastros de ese brillo tan especial que tenían cuando te conocí...antes que todos. Te rompieron ¿cierto?, siempre fuiste tan débil, tan frágil y te quebraste...y ahora sólo eres una marioneta movida por los hilos de la desesperación. Te llevaron, te arrastraron, te equivocaron. Que triste, que trágico, que irónico. Yo, que te escuche hablando sobre un mundo mejor, te veo destruyendo todo aquello en lo que alguna vez creíste. ¿Siempre fuiste así?.
¿Sabes?, no quiero dejar de escribir porque no sé si volveré a tener fuerzas para hacerlo.
Nunca quise seas una persona distinta a la que eres, solo quise comprender ese silencio, solo quise volver a mirarte sin sentir decepción, sin que te sintieras decepcionada.
Hablar de todo me cuesta, porque es volver a hablar del pasado. No es fácil olvidar la amistad cuando se la creyó verdadera, no es fácil borrar los recuerdos. Ni olvidar esa época en que caminábamos por la vida dejando huellas al pasar, huellas que hoy no existen si no en mi corazón. Son las cadenas que llevo y de las que no consigo liberarme. Y me pongo a pensar, tal vez fui brutal a la distancia, tal vez me comporte erróneamente, tal vez en medio de mi desesperación dije o hice cosas sin sentido. Hoy cuando hablo de todo esto se me apaga la voz, y siento ganas de pedir otra oportunidad, pero al final me doy cuenta de que es inútil.
Mil veces intente convencerme de que un día miraríamos hacía atrás y veríamos que no todo estaba perdido, de que con optimismo, esfuerzo, voluntad y empeño se podía volver a comenzar y recuperar aquellos tiempos de fatídica soledad. Pero ahora estás tan distinta que no reconozco aquella persona que alguna vez fue mi amiga. Y eso puso fin a la ingenuidad de mi consuelo. Y eso me enfurece, me deprime, me duele...¿Por qué?
Porque existió un tiempo en que éramos amigas.
Y finalmente, ¿sabes qué?...No fuiste vos quien me lastimó. Sigo siendo yo la que se lastima, fueron aquellas expectativas que se quedaron guardadas, que se perdieron no sé en que momento, que simplemente... se esfumaron, tan rápido como "nuestra amistad".
Sí, fueron esas expectativas. Siempre pensé que nuestra amistad sería especial, que sería capaz de sobrepasar la barrera del tiempo; que vería pasar estaciones incontables; tenía tantas esperanzas puestas en vos; necesitaba tanto alguien en quien confiar...
Supe que ambas teníamos cosas que enseñarnos, que la vida nunca se equivoca, que nos tenía sorpresas preparadas y sin duda no creo haberme equivocado...
Sí, cosas buenas y malas.
Te agradezco todas lecciones de vida que me enseñaste, cada uno de los motivos que en justo momento me diste para sonreír, y especialmente, te agradezco por haberme enseñado a valorar la verdadera amistad. Puesto que a pesar de que el panorama luzca sombrío, siempre existe esa luz que te indica el camino para continuar, para sanar las heridas...
Y creo haberlo encontrado...
Gracias, sí y adiós... A veces las cosas suelen ser así de ambivalentes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario