El río que no descansa
“Es una perfecta
noche de verano”
Pensó ella mientras hundía sus pies en la tibieza de aquellas aguas
susurrantes. El río estaba tranquilo. La luna arrancaba destellos color plata
de la superficie tersa cual terciopelo azul; concediéndole al paisaje un halo
de ensueño. La brisa era cálida, tanto que cerró los ojos sólo para sentir su
leve caricia en el rostro y el alma. Lo necesitaba tanto que aspiró con fuerza.
El dulce aroma de la libertad que inundó sus pulmones le hizo esbozar una
sonrisa lastimosa pero no logró barrer ninguna de sus penas. Sólo pedía una
bocanada de aire. Sólo pedía una bocanada de esperanza.
A lo lejos vio como la
corriente arrastraba con lentitud lo que parecía ser un pequeño tronco de
madera. “El río no detiene nunca su marcha” Se dijo “Y el tiempo
tampoco...el tiempo tampoco. Volvía cada noche a las orillas del Sena
usando el mismo vestido blanco sólo para aguardar su regreso, para cumplir una
antigua promesa de amor eterno. Ella no recordaba ya ni el nombre ni el rostro
de aquel a quien había despedido en ese mismo lugar muchos años atrás pero
hacía un millón de lunas que lo esperaba, por más vacias que estás parecieran.
Permanecía allí parada
mirando al horizonte durante toda la noche hasta que el amanecer estallaba con
todos sus colores y se veía obligada a volver a casa arrastrando toneladas de
sueños marchitos y la promesa de un mañana. De un mañana que nunca iba a
llegar.
En el pueblo decían que
su verdadero amor era aquel río que fue testigo de tantas lágrimas. Y en parte
era verdad porque aunque esas aguas jamás pudieron lavar su dolor, ni ahogar
cada una de sus angustias, se habían quedado con lo mejor de ella misma. Con
sus años de plenitud y belleza, con sus memorias, con su vida...
Eran almas gemelas.
Ella, como aquel río, nunca descansaba de su espera aunque ello la arrastrara
siempre al mismo punto de confluencia entre el sufrimiento y la esperanza,
aunque ello desembocara siempre en el mismo mar de olvido.
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