lunes, 4 de febrero de 2013

Alcanzar el cielo


Alcanzar el cielo, alcanzar el suelo.           

Esbozó una sonrisa fantasmal al observar aquella casa abandonada. Era enorme y se recortaba contra un cielo de un azul intenso. Las paredes, antes coloridas, estaban descascaradas y cubiertas por los graffitis de algún vándalo. El viejo cerco de madera que la rodeaba parecía ser una barrera entre la realidad y el pasado, como si estuviera suspendido en el tiempo. Pero no más que la hiedra, que era tan alta que besaba los alfeizares de las sucias ventanas e invisibilizada por completo lo que alguna vez fue un gran jardín.
Le sorprendía ver que el tiempo había sido tan cruel con la casa como lo había sido con ella. Quizás un poco menos.
Los recuerdos de los últimos días que pasó allí se deslizaron en puntita de pie desde la nebulosa de memoria.
Y se vio, en aquel mismo jardín, colocando pequeñas margaritas en la trenza de su hermana para que dejase de llorar. Recordaba su pequeña nariz roja y sus mejillas encendidas de inocencia.  Y el olor a césped recién cortado y las gotas de rocío que caían desde el gran abeto que las cubría con su follaje. Pudo sentir el escozor que picaba en el fondo de sus ojos y la sensación de que estaba sola en el mundo. Una sensación que nunca la había abandonado del todo.
-Quiero a mamá y a papá… ¿Dónde están? –Pudo escuchar la voz chillona de su hermana retumbar en sus oídos como si aún estuviera a su lado. Era una pregunta demasiado difícil de contestar para la niña de diez años que era en aquel momento.
-¿Ves allá arriba? –Había respondido señalando el cielo sobre ellas- Bueno, ahí se encuentran y nos están viendo siempre…y a ellos no les gusta que llores. Las niñas bonitas no lloran…cómo nos decía papá cuando nos arañábamos una rodilla… ¿recuerdas?
-¡Pero yo quiero que estén acá! ¡O quiero ir con ellos! –Gruñó- ¿cómo vamos con ellos? ¡No me gusta que se fueran sin llevarnos!- La expresión concentrada de su hermanita aún seguía grabada en su memoria igual que la maravillosa idea que se le ocurrió a continuación. Una idea que sólo podría ser concebida por la inocente lógica de un niño- Podríamos intentar atarnos a un pájaro… ¡ellos vuelan! o mejor ¿y si construimos una bicicleta voladora cómo del cuento que nos leían para dormir? – La esperanza en su pecho se había encendido rápidamente. Sus cabecitas aún no lograban entender que la voz dulce de mamá ya no les anunciaría que la comida estaba hecha ni que la sonrisa de papá ya no volvería a festejarles una travesura. Pero
en ese momento nada parecía tener más importancia que encontrar la manera de encontrar una especie de magia que las ayudará a despegar de la tierra para volar hasta los cálidos brazos de su madre.
-¿Pero como conseguiríamos un trébol de tres colores para iluminar de noche? ¿Y un duende que hechizará los pedales? ¡Y aparte tú no sabes montar en bicicleta! ¿Y si nos descubriera esa anciana que dice que nos encontrará un nuevo hogar?  
-El duende del cuento decía que para construir una bicicleta voladora es necesario perder el miedo a los imposibles y luego…
-Luego hay que atreverse a soñar…-Aún recordaba cómo se recostó sobre la hierba, cerrando fuertemente los ojos en un intento desesperado por escapar de la realidad- Y el paso más importante de todos, dice el duende, es liberar la imaginación, tiene que salir disparada de la jaula donde se encuentra para construir puentes…hay que dejar que haga explotar a la razón, que ensucie la realidad con sus colores, fluyendo en todas las direcciones…
-La imaginación es la única magia que se necesita para que, pedaleando sobre dos ruedas, podamos despegar y llegar hasta donde queramos…
Y ellas querían alcanzar al cielo. Volver con sus padres. Querían alejase de los miedos que palpitaban en su interior, respirando como si tuvieran vida. De la inminente soledad  que acechaba desde las amables sonrisas de los asistentes sociales.
-Las alas que abre la imaginación son las únicas que pueden hacernos volar alto – Dijo ella, completando las instrucciones que el pícaro duende del cuento daba sobre como construir una bicicleta voladora.
Ella recordó como una voz imperativa había dado fin a las ensoñaciones de ambas, ordenándoles que volvieran a la casa porque era la hora de partir hacía un nuevo hogar. Les había dicho que allí encontrarían nuevos amiguitos que tampoco tenían papás hasta que alguien las adoptara.
-Prométeme que mañana intentaremos construir esa bicicleta –Dijo su hermana mientras se levantaba, las margaritas que habían enredado en su trenza empezaban a caerse.
-Te lo prometo – Contestó a su hermanita mientras las cálidas lágrimas comenzaban a deslizarse por sus mejillas.
La joven de veinte años se secó los ojos con el dorso de su mano y volvió a sonreír, sin apartar la mirada de la gran estructura de piedra que algún día fue su hogar. Había sido una promesa vana. Para empezar nunca habían tenido una bicicleta, las alas se las habían cortado en el mismo momento en que las enviaron a diferentes orfanatos y más que perder el miedo a los imposibles, había sido imposible perder el miedo. Ese día habían soñado con alcanzar el cielo para volver a ver a sus padres pero lo único que lograron fue estrellarse contra una realidad que nunca les devolvió la sonrisa.

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