Alcanzar el cielo, alcanzar el suelo.
Esbozó una sonrisa fantasmal al
observar aquella casa abandonada. Era enorme y se recortaba contra un cielo de
un azul intenso. Las paredes, antes coloridas, estaban descascaradas y
cubiertas por los graffitis de algún vándalo. El viejo cerco de madera que la
rodeaba parecía ser una barrera entre la realidad y el pasado, como si
estuviera suspendido en el tiempo. Pero no más que la hiedra, que era tan alta
que besaba los alfeizares de las sucias ventanas e invisibilizada por completo
lo que alguna vez fue un gran jardín.
Le sorprendía ver que el tiempo
había sido tan cruel con la casa como lo había sido con ella. Quizás un poco
menos.
Los recuerdos de los últimos días
que pasó allí se deslizaron en puntita de pie desde la nebulosa de memoria.
Y se vio, en aquel mismo jardín,
colocando pequeñas margaritas en la trenza de su hermana para que dejase de
llorar. Recordaba su pequeña nariz roja y sus mejillas encendidas de
inocencia. Y el olor a césped recién cortado
y las gotas de rocío que caían desde el gran abeto que las cubría con su
follaje. Pudo sentir el escozor que picaba en el fondo de sus ojos y la
sensación de que estaba sola en el mundo. Una sensación que nunca la había
abandonado del todo.
-Quiero a mamá y a
papá… ¿Dónde están? –Pudo
escuchar la voz chillona de su hermana retumbar en sus oídos como si aún
estuviera a su lado. Era una pregunta demasiado difícil de contestar para la
niña de diez años que era en aquel momento.
-¿Ves allá arriba? –Había respondido señalando el cielo sobre ellas- Bueno, ahí se encuentran y nos están viendo siempre…y a ellos no les
gusta que llores. Las niñas bonitas no lloran…cómo nos decía papá cuando nos
arañábamos una rodilla… ¿recuerdas?
-¡Pero yo quiero que estén acá! ¡O quiero ir con ellos! –Gruñó- ¿cómo vamos con ellos? ¡No me gusta que se fueran sin llevarnos!- La
expresión concentrada de su hermanita aún seguía grabada en su memoria igual
que la maravillosa idea que se le ocurrió a continuación. Una idea que sólo
podría ser concebida por la inocente lógica de un niño- Podríamos intentar atarnos a un pájaro… ¡ellos vuelan! o mejor ¿y si
construimos una bicicleta voladora cómo del cuento que nos leían para dormir? –
La esperanza en su pecho se había encendido rápidamente. Sus cabecitas aún
no lograban entender que la voz dulce de mamá ya no les anunciaría que la
comida estaba hecha ni que la sonrisa de papá ya no volvería a festejarles una
travesura. Pero
en ese momento nada parecía tener
más importancia que encontrar la manera de encontrar una especie de magia que
las ayudará a despegar de la tierra para volar hasta los cálidos brazos de su
madre.
-¿Pero como conseguiríamos un trébol de tres colores para iluminar de
noche? ¿Y un duende que hechizará los pedales? ¡Y aparte tú no sabes montar en
bicicleta! ¿Y si nos descubriera esa anciana que dice que nos encontrará un
nuevo hogar?
-El duende del cuento decía que para construir una bicicleta voladora es
necesario perder el miedo a los imposibles y luego…
-Luego hay que atreverse a soñar…-Aún recordaba cómo se recostó sobre la hierba,
cerrando fuertemente los ojos en un intento desesperado por escapar de la
realidad- Y el paso más importante de
todos, dice el duende, es liberar la imaginación, tiene que salir disparada de
la jaula donde se encuentra para construir puentes…hay que dejar que haga
explotar a la razón, que ensucie la realidad con sus colores, fluyendo en todas
las direcciones…
-La imaginación es la única magia que se necesita para que, pedaleando
sobre dos ruedas, podamos despegar y llegar hasta donde queramos…
Y ellas querían alcanzar al cielo. Volver
con sus padres. Querían alejase de los miedos que palpitaban en su interior,
respirando como si tuvieran vida. De la inminente soledad que acechaba desde las amables sonrisas de los
asistentes sociales.
-Las alas que abre la imaginación son las únicas que pueden hacernos
volar alto – Dijo ella, completando las instrucciones que el pícaro duende del
cuento daba sobre como construir una bicicleta voladora.
Ella recordó como una voz imperativa
había dado fin a las ensoñaciones de ambas, ordenándoles que volvieran a la
casa porque era la hora de partir hacía un nuevo hogar. Les había dicho que
allí encontrarían nuevos amiguitos que tampoco tenían papás hasta que alguien las
adoptara.
-Prométeme que mañana intentaremos
construir esa bicicleta –Dijo su hermana mientras se levantaba, las margaritas
que habían enredado en su trenza empezaban a caerse.
-Te lo prometo – Contestó a su
hermanita mientras las cálidas lágrimas comenzaban a deslizarse por sus
mejillas.
La joven de veinte años se secó los
ojos con el dorso de su mano y volvió a sonreír, sin apartar la mirada de la
gran estructura de piedra que algún día fue su hogar. Había sido una promesa
vana. Para empezar nunca habían tenido una bicicleta, las alas se las habían
cortado en el mismo momento en que las enviaron a diferentes orfanatos y más
que perder el miedo a los imposibles, había sido imposible perder el miedo. Ese
día habían soñado con alcanzar el cielo para volver a ver a sus padres pero lo
único que lograron fue estrellarse contra una realidad que nunca les devolvió
la sonrisa.
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