Alguna vez se había preguntado qué era lo que tenia la soledad que la atraía tanto, y se lo preguntaba cada día, mientras leía un libro de Cortázar en su cama o bajo su árbol adorado en el parque, mientras tomaba café, durante una ducha, antes de cerrar finalmente los parpados y dar por terminado el día.
La ausencia de horarios y la falta de explicaciones, la
libertad de no rendir cuentas, la libertad de decidir sin barreras. El tímido
silencio, la introspección. Las luces y su penumbra iluminada tenuemente por
sus oscuros ojos. Respirar, una y otra vez el aire tibio, la lluvia de verano,
la quietud. Las largas caminatas por pasajes de casitas y arboledas, el
murmullo típico de un barrio. Las fotografías, el colectivo vacío. El sol de
las 5 de la madrugada. Su minucioso desorden, la poesía. Finalmente la música,
el mayor de todos los placeres, no necesitaba más, sola, no tenía
complicaciones; Sola, era suya y sostenía su irreverente cosmos en una mano
despreocupada. Entonces llegó él- Entonces abrió la puerta y dejó la casa vacía
de si. Se marchó en silencio. Se alejó sin despedidas. Corrió, lo más veloz que
pudo, evadiendo todo rumbo. Y así, la soledad no volvió a ser la misma.
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