No cruces la línea. No rompas, como tantas veces, la débil
cinta que puse rodeándome, protegiéndome, con la inscripción frágil. Estoy en
período de reparación. Estoy en período de mirar las heridas que nunca miré, y
buscar de sanarlas, o al menos, dejar de profundizarlas. No rompas ahora, justo
ahora, el silencio. No estires los brazos del tiempo para que vuelva a
envolvernos, para que vuelva a contenernos, para que vuelva a hacernos alucinar
con un paisaje bonito en el cual los dos cabemos perfectamente. No uses a tu
favor mi debilidad. Porque sabes que si me sonreís, caigo de nuevo en la
incertidumbre de perder cada uno de los motivos por los que me alejé de vos. No
seas desleal. No manipules todo el material que te di sobre mí, en todo este
tiempo de idas y vueltas a tu isla. Quédate ahí, inmóvil, como siempre. Quédate
inmóvil, pero completamente, sin usar siquiera las palabras, los gestos
induciendo a la confusión. Quédate ahí, junto a tus miedos inmaduros, junto a
tu grata certeza de saberte ajeno a los peligros que podría acarrearte el
enamoramiento. Quédate contemplándote los ojos, transparencias donde se pierden
los caminos que llevan a tu corazón, donde se oscurece el discurso y se vuelve
tonta nadería. Quédate acariciándote a solas. Quédate amándote, con ese amor
que te reconoce sólo a vos como punto de partida y como fin último, con ese
amor que nace de tu piel y vuelve a ella, con ese amor que yo ya no necesito.
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